viernes, 10 de diciembre de 2010

EL CORONEL MOSCARDÓ Y LA DEFENSA DEL ALCÁZAR DE TOLEDO.

Uno de los hechos más trascendentes de la guerra civil española, tanto por su significado, como por el heroísmo que en el hubo, fue el asedio del Alcázar de Toledo. Pese a que Toledo no era un punto estratégico demasiado valioso desde el punto de vista militar; la toma del Alcázar pronto se convirtió en algo fundamental para las fuerzas republicanas, que intentaron buscar en ello un golpe de efecto propagandístico. Pronto, todo el mundo estuvo pendiente del desarrollo de los acontecimientos de esta operación. La tenaz resistencia de sus defensores, hizo que la publicidad del asedio se volviera contra los republicanos, cosa que supieron aprovechar los nacionales para ganar una gran batalla moral en los inicios de la guerra, que sirvió para llenar de motivación a sus filas. No les importó tener que desviar las tropas que iban a atacar Madrid, perdiendo un tiempo que habría sido precioso para ocupar la capital en el mismo año 1936. Sabían que si liberaban el Alcázar, ganarían muchos enteros ante la opinión pública, y, además, harían bueno el sacrificio y la constancia de sus defensores, encabezados por el Coronel de Infantería Don José Moscardó Ituarte.

El General Moscardó
Moscardó había nacido en Madrid en 1878. Se encontraba estudiando como cadete en la Academia, situada entonces en el Alcázar, en 1897, cuando pospone sus estudios para ir a combatir a Filipinas, aquí empieza a demostrar contar con un gran valor. Una vez terminado ese conflicto, volvió a la Academia para terminar sus estudios y ser destinado con su regimiento, el de Voluntarios del Serrallo a la guerra del Rif de 1909. En África pasaría gran parte de su carrera hasta que en 1929 es ascendido a Coronel y destinado al Colegio de Huérfanos de Toledo. Debido a la llegada del a II República y las reformas que trajo su advenimiento es degradado a Teniente Coronel, pero en 1934 vuelve a ascender y se hace cargo de la Escuela de Gimnasia, además de ser nombrado Comandante Militar de la ciudad. Debido a su cargo fue el encargado de organizar la participación española en las Olimpiadas de Berlín de 1936. Estaba dispuesto a viajar a esta ciudad para asistir a las mismas, cuando le sorprendió el inicio de la guerra civil.


El Alcázar durante un ataque
 Desde el principio supo Moscardó donde estaba su sitio y aunque no se rebeló de forma clara al gobierno republicano, comenzó a desobedecer sus órdenes y a preparar la toma de Toledo. La ciudad no contaba con una amplia guarnición militar, pues solo albergaba algunas dependencias y la Academia de Infantería, Caballería e Intendencia, que además, por estar en periodo vacacional, apenas contaba con unos pocos cadetes y tropa destinada en la misma. De lo que si disponía Toledo era de una fábrica de armas que contaba con mucha munición, la cual enseguida reclamó el gobierno de Madrid. Moscardó sin negarse, empezó a poner trabas, por lo que los republicanos le amenazaron con enviar tropas a tomar la ciudad. Moscardó analizó la situación y supo ver que poco podía hacer con los hombres que tenía, por lo que decidió enviar todo el armamento en el Alcázar y encerrarse allí para resistir con sus hombres. Además ordenó que todas las comandancias próximas de la Guardia Civil, abandonaran sus puestos y se reunieran con él, trayendo además sus familias. Las fuerzas y material con las que contó, según palabras del propio Moscardó en su diario de operaciones eran:

Hombres

Jefes y Oficiales: 100

Comandancia Guardia Civil: 800

Tropa Academia: 150

Tropa Escuela de Gimnasia: 40

Falange, Acción Popular y varios: 200

En total, unos 1.300; 1.200 para defensa efectiva, por tener que atender a los distintos servicios los no combatientes. A esta guarnición hay que añadir

Mujeres 550

Niños 50

Procedentes, en su mayoría, de familiares de la Guardia Civil, de algunos profesores de la Academia y elementos de Toledo que se refugiaron en el Alcázar, que en total hace una población en el recinto de unas dos mil almas.
Material

De defensa se contaba con el armamento de la Guardia Civil, Academia, Escuela de Gimnasia y Guardias de Asalto y Seguridad, que tenían unos mil doscientos fusiles y mosquetones, y de la Academia se contaba con dos piezas de montaña de 7 cm., con 50 disparos de rompedora; trece ametralladoras Hotckiss de 7 mm., y trece fusiles ametralladores, de la misma marca y calibre, todo en uso por los alumnos en sus prácticas, y un mortero de 50 mm.
Municiones se contaba con las del Alcázar y las de las Fábricas de Armas, que se trasladaron, que en cartuchos de fusil y ametralladora sumaban unos 800.000; 50 granadas rompedoras de 7 cm.; 50 granadas de mortero Valero de 51 cm.; cuatro cajas de granadas de mano Laffite -ofensivas, 200-; una caja de granadas de mano -incendiarias, 25-, y unos 200 petardos pequeños de trilita y un explosivo eléctrico.
De material de defensa contra gases se puede decir no existía, pues en la clase de guerra química se encontraban unas veinticinco máscaras, pero cada una de modelo distinto y la mayor parte de ellas sin eficacia alguna.
Material de fortificación: sólo se contaba con algunos picos y palas de la Academia, pues Toledo carecía de Parque de Ingenieros.
De Transmisiones, los primeros días se contaba con el teléfono automático, y cuando lo cortaron, una vez asediado el Alcázar, se hacía solamente con el interior por líneas militares de campaña tendidas a los sitios y puestos que se juzgaban más interesantes. La fuerza de la Guardia Civil llevó al Alcázar la emisora transmisora de la Comandancia; pero por no tener grupo electrógeno, apenas cortaron el fluido cesó su funcionamiento.
De material de transmisiones para comunicarse con el exterior había el de la Academia, pero la falta de fluido no permitía funcionar a las radios de campaña, ya muy usadas, y tras grandes esfuerzos, reuniendo las baterías de los coches automóviles, se pudo establecer una estación receptora con auriculares que permitió saber la situación en el exterior.
De material sanitario se contaba con el de la Academia (Enfermería), mas el de la Farmacia Militar, que quedaba dentro del recinto de defensa, teniendo elementos hasta muy avanzado el asedio, quedando al final vendajes y algodón.
Víveres

Escasearon desde el principio, pues la Academia, en su vida normal, tenía un economato muy bien surtido; pero por la reducción de Academias, su número de alumnos (unos setenta entre Infantería y Caballería) y empezar el Alzamiento en julio, época de vacaciones, no estaba previsto y sólo quedaban pequeñas cantidades de lo más necesario, como eran judías, garbanzos, arroz, aceite, sal, azúcar, café, especias, y aparte esto había botellas de vinos finos en cantidad, así como latería de anchoas, espárragos y almejas, pues aunque su cantidad no resolvía nada en las comidas que confeccionar, y por tanto desde un principio se dispuso no tocar nada y sólo por excepción de un trabajo excesivo o para enfermos se tomaban de allí vinos generosos, vermut o latería. Víveres para comer un plato en cada comida había para cinco o seis días, y pan; como tampoco había servicio de Intendencia, en Toledo se tenía por contrato con una panadería particular, así que apenas comenzó el asedio no se pudo suministrar.
Agua: Aunque se racionó para evitar su despilfarro, había en abundancia en los distintos pozos aljibes del Alcázar, que permitió no faltase este elemento vital tan necesario, pero que en todo momento estuvo debida y rigurosamente inspeccionada, tanto en su distribución diaria como en el traslado a diversos lugares para evitar su pérdida por bombardeos de artillería y aviación.
La falta de pan se pensó subsanar al principio consumiendo el trigo agorgojado que había para alimentación del ganado, como así se empezó, y después consumir la cebada del ganado; pero afortunadamente se descubrió un depósito de trigo propiedad de un Banco que estaba en las inmediaciones del Alcázar por la parte Este, que contenía unos dos mil sacos de trigo de noventa kilos cada uno y de excelente calidad. Con este hallazgo providencial y los caballos y mulos de la Academia y Guardia Civil se resolvió el problema de la alimentación, aunque en forma muy precaria, hasta que terminó el asedio, ya que la ración de pan que se podía fabricar en el horno de campaña no llegaba a los 18o gramos por el número tan elevado que había que producir y lo poco que rendía la pequeña molturación de trigo que había en el Museo de Intendencia; la carne tenía que estar severamente racionada, pues el asedio se prolongaba, y baste decir que al final de éste sólo quedaron sin sacrificar un caballo y cinco mulos, que hubiesen permitido, a lo máximo, la alimentación escasísima durante seis días.
Por el contrario, las fuerzas republicanas eran mucho mayores, tanto en material como en número. Es difícil saber cuántos combatieron porque se dio el fenómeno llamado “turismo revolucionario”, que consistía en que por la mañana venían desde Madrid en multitud de vehículos, pegaban unos cuantos tiros, para volver por la tarde a contar en la capital sus supuestas hazañas. En los 70 días que duró el asedio, del 22 de julio al 28 de setiembre de 1936, el Alcázar fue 35 veces bombardeado por la aviación republicana y recibió más de 15000 proyectiles de artillería de diversos calibres, además de fuego de fusilería constante. Pero lo que más daño hizo a la estructura fueron las dos minas de 3000 kg de trilita, cada una, que colocaron en sus cimientos en el asalto del 18 de setiembre, el más violento que sufrió el Alcazar, pero que pese a todo, gracias a la buena organización que dispuso Moscardó, solo costó 5 bajas a los defensores.

Muchos fueron los héroes de esta feroz resistencia, como el Capitán Don Luis Alba Navas, que ante las constantes mentiras del bando republicano sobre que el Alcázar había caído, decidió salir disfrazado de miliciano para informar de la verdad a las tropas nacionales, pero que fue descubierto y fusilado. Tampoco se puede olvidar al Cabo de la Guardia Civil Cayetano Caridad, que por haber trabajado como minero, vigilaba constantemente la progresión de la mina que preparaban los republicanos para volar el Alcázar, y que precisamente le tocó a él estar de guardia cuando esta explosionó. Cada uno de los que estuvo allí fue un héroe, incluso mujeres y niños que no pararon de animar, pero todo hubiera sido mucho más difícil sin la actuación de Moscardó, que desde un principio tuvo la iniciativa de anticiparse a los acontecimientos y armarse lo mejor posible en una posición fuerte. Aunque hubo algunas deserciones, supo mantener bien alta la moral de los habitantes de la fortaleza, incluso empezó a editar el famoso diario El Alcázar que tantos años siguió después, y en el que de una manera cómica se narraba el desarrollo de los acontecimientos.
Pero sobre todo Moscardó demostró su liderazgo con el ejemplo, aunque en sus cartas a su mujer muchas veces dice que se encuentra abatido, nunca selo demuestra a sus tropas, sino que no las para de animar. Porque así era, su mujer e hijo no habían podido reunirse con él en el Alcázar, y será con su hijo con quien Moscardó haga su mayor sacrificio como líder de la defensa, pues como hizo muchos siglos antes Guzmán el Bueno, no aceptará el chantaje de rendir la plaza a cambio de la vida de su hijo. De nuevo, quien mejor que el propio Moscardó para describir estos hechos:

El día 23 de julio, por la tarde, sonó el teléfono, pidiendo hablar conmigo. Me pongo al aparato, y resultó ser el Jefe de Milicias de Toledo, quien, con voz tonante, me dijo: «Son ustedes responsables de los crímenes y de todo lo que está ocurriendo en Toledo, y le doy un plazo de diez minutos para que rinda el Alcázar, y, de no hacerlo, fusilaré a su hijo Luis, que lo tengo aquí a mi lado». Contesté: «No creo».

Jefe de Milicias.-«Para que vea que es verdad, ahora se pone al aparato». Hijo. -«¡Papá!»

Yo.-«¿Qué hay, hijo mío?»

Hijo.-«¡Nada; que dicen que si no te rindes me van a fusilar!»

Yo.-«¡Pues encomienda tu alma a Dios y muere como un patriota, dando un grito de ¡Viva Cristo Rey! y ¡Viva España!»

Hijo.-«¡Un beso muy fuerte, papá!»

Yo, al Jefe de Milicias. -«¡Puede ahorrarse el plazo que me ha dado y fusilar a mi hijo, pues el Alcázar no se rendirá jamás!»
Un mes después, el hijo de Moscardó fue fusilado sin compasión.

Finalmente, el Alcázar fue liberado por la columna del General Valera, la cual Moscardó se le presentó con la famosa frase “Sin novedad en el Alcázar, mi General”. Quizás algo menos famosa, pero igual de impactante es otra frase suya, esta vez al General Franco, cuando este llegó al día siguiente y Moscardó le dijo “Mi general, le entrego el Alcázar destruido, pero el honor queda intacto”. Pero no solo Moscardó habló de su hazaña, para no parecer partidistas que mejor que el testimonio de un periodista extranjero que afirmo “Arrodillémonos ante estos hombres: son la dignidad del mundo. Ellos nos engrandecen con su heroísmo. Por ellos estamos seguros de que el alma humana es todavía capaz de infinita grandeza”.

Moscardó fue ascendido a General de Brigada y luego de División por sus acciones en la guerra civil, donde siguió demostrando ser un gran líder militar. Además recibió la Laureada de San Fernando y con el tiempo Franco le otorgo la grandeza de España con el título nobiliario de Conde del Alcázar de Toledo.

Monumento a los Héroes del Alcázar

lunes, 11 de octubre de 2010

LAS GUARDIAS VIEJAS DE CASTILLA.

Jinete ligero y Guardia Vieja de Castilla
La guerra de Granada, con la victoria en la cual se daba fin al proceso de la Reconquista, sirvió también para marcar el inicio del cambio en la forma de hacer la guerra. El concepto de guerra medieval empezaba a verse superado por una nueva forma de organización bélica que dio lugar a lo que se ha llamado La Revolución Militar Moderna. Conjuntamente, esta guerra también abrió los ojos a los Reyes Católicos, grandes vencedores de la misma, ya que vieron que si querían mantenerse fuertes en la monarquía no podían depender tanto de los ejércitos privados de los nobles. Es así como, partiendo de la base de sus tropas reales se crean las Guardias Viejas de Castilla, a través de una ordenanza fechada el 2 de Mayo de 1493. Las Guardias Viejas de Castilla recibieron en la propia Granada el que sería su estandarte, verde (seguramente por ser uno de los colores predilectos del vencido islam), con el escudo de los Reyes Católicos en el centro, destacando que en lugar de llevar la granada abierta (por estar conquistada) en el mismo, lleva cuatro en los ángulos del paño. Se puede considerar con bastante certeza que será este el primer ejército regular profesional de España. La ordenanza de este año, junto a la instrucción del año siguiente y otras tan importante como la ordenanza de 1504, en las que ya se organizan el resto de armas, dando especial importancia a la nueva infantería, son el embrión de ese ejército profesional que en manos del Gran Capitán, tantas victorias y hechos gloriosos dio a nuestra patria.


Escopetero y el de la derecha es un hombre de armas en 1508.

Las Guardias Viejas de Castilla eran tropas de caballería, esto se debe a que nada más finalizar la guerra de Granada, los Reyes Católicos ya atisbaban en el horizonte un inminente enfrentamiento con Francia por intereses territoriales en Italia, y si en algo superaba Francia a España en ese momento era en su poderosa caballería, los famosos gendarmes franceses, que solo eran 960, pero muy homogéneos, frente a la variedad de la caballería española, desperdigada entre los diferentes ejércitos nobiliarios. Como testimonio de la época tenemos al cronista Gonzalo Fernández de Oviedo que escribió en su diálogo Batallas y quincuajenas:

“Bien me acuerdo que estando olvidado el ejercicio de los hombres de armas y muy favorecida la jineta a causa de las guerras con los moros de Granada, acabada aquella santa conquista y barruntando o sospechando los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel que cesada la guerra de los infieles la habían de tener contra franceses, proveyeron en hacer dos mil y quinientos hombres de armas ordinarios de guarda (aquí confunde a todos los caballeros como hombres de armas) y crearon capitanes para ellos de cada cien hombres de armas y algunas capitanías de más número, de señores y capitanes ilustres y generosos tales como convenía.”

Por todas estas razones, los Reyes Católicos comprendieron que tenían que tener bajo su control directo a unas tropas de estas características. En un inicio se crearon 25 compañías de 100 hombres cada una. En este tiempo las compañías tenían el nombre de capitanías. Todas las compañías tenían un capitán, un teniente, un alférez portaestandarte y un trompeta. Veinte de estas compañías eran de los llamados hombres de armas y cinco de jinetes. Además había un estado o plana mayor que incluía un capitán general, un preboste o alcalde, un contador general, un alguacil y un escribano.

Hay que destacar que todas las capitanías tenían un teniente, ya que los capitanes eran todos de la alta nobleza y pocas veces compartían el tiempo son sus hombres, de ahí que fuera imprescindible la figura del teniente.

Muy importante de esta época es la aparición de la figura del Sargento, del que enseguida se incluirá uno en cada capitanía, para con el tiempo ir creciendo en número y funciones.

Los hombres de armas iban ataviados como un caballero medieval tradicional, de punta en blanco, con lanza, espada y escudo, algunos también podían llevar una maza. La lanza era de arandela, que llevaba del lado más grueso una protección en forma de embudo para la mano. Para poder usarla necesitaba un ristre, un apoyo articulado fijado sobre la parte derecha de la coraza para poder sostenerla y apoyarla en los momentos de descanso. Estos hombres de armas debían de disponer de dos caballos. Uno de ellos iba completamente cubierto por una armadura y revestido con las armas de Castilla y León. El otro caballo, llamado dobladura, iba sin armadura y lo montaba un paje; su función sería la de servir en la vida diaria del caballero y llegada el caso poder sustituir a la montura principal.

Las otras cinco compañías eran de jinetes, que recibían este nombre por montar a la jineta al estilo moro (con estribos cortos y piernas dobladas en posición vertical desde la rodilla). Son estos los precursores de la caballería ligera. Solo llevaban un casco del tipo morrión, una coraza con faldón o escarcela y protección para muslos y piernas. Como armas de ataque llevaban espada, puñal y ballesta. Podían tener también otra montura, pero no era muy usual como se constata en los estadillos de los tesoreros pagadores.

La tendencia en España empezó pronto a cambiar y aumentaron el número de jinetes, muy útiles en conflictos como la revuelta de los moriscos del Albaicín en el 1500, que se extendió por toda la Alpujarra. Pese a todo, no se podía dejar de tener la caballería pesada de los hombres de armas, indispensables para luchar contra Francia, como se ve en el número de hombres de armas y jinetes en la segunda campaña en el Reino de Nápoles (1500-1501), adonde parten 425 hombres de armas y solo 82 jinetes. A comienzos del siglo XVI nos encontramos con que existen 36 capitanías, siendo ahora solo diez de jinetes hombres de armas, divididos en seis capitanías viejas, tres en la Corona de Aragón y una nueva, sumando un total de 919 hombres. Las otras 26 serán de jinetes, de las cuales trece eran viejas, tres en Aragón y diez nuevas, alcanzando los 2831 efectivos.

Entre estas 36 capitanías están las de Luis de Acuña, Rodrigo de Mendoza, Bernardo y Antonio del Águila y la de Martín de Alarcón, que irán a Italia con el Gran Capitán en su primer viaje a luchar contra los franceses. Las Guardias Viejas de Castilla también prestarán valiosos servicios de guerra en el Rosellón y Orán.

A lo largo de sus dos siglos casi de historia, servirán en sus filas como capitanes, muchos de los nobles más poderosos de España. Las Guardias Viejas de Castilla serán fieles guardias reales, juntos a los Archeros de Borgoña, o las guardias amarillas o españolas, tudescas y otras. Esto durará hasta la llegada en 1700 de la dinastía Borbón con Felipe V, que reorganiza la guardia real en las llamadas Guardias de corps.


Arquero y Portaestandarte Real con el estandarte de las Guardias Viejas de Castilla.

Imágenes: Láminas del Conde de Clonard.

viernes, 3 de septiembre de 2010

MANTUVIERON LA PICA EN FLANDES.

Ambrosio de Spinola
En la gloriosa época del Imperio Solar Español se acuñó el dicho “poner una pica en Flandes”, cuyo significado es conseguir realizar una hazaña muy costosa. Su origen viene de lo complicado que era llevar las tropas españolas acantonadas en Italia, al siempre beligerante territorio de Flandes cuando allí estallaban los conflictos y revueltas que caracterizaron nuestra presencia en aquellas inhóspitas tierras. A través del “Camino Español” los Tercios españoles batieron auténticos records de velocidad para llegar a tiempo de sofocar los levantamientos y clavar la famosa pica. Aunque este camino tenía varias ramificaciones y fue variando a lo largo del tiempo, el itinerario más común era el que iba de Milán a Namur, unos 1150 km, que se recorrían en tan solo 48 días de media. Más impresionante aún fue cuando en Febrero de 1578 una expedición española lo hizo en tan solo 32 días, en brutales marchas forzadas de más de 35 km diarios durante más de un mes, para poder llegar a tiempo de cumplir su objetivo.


Pero si difícil era llegar a Flandes, no menos lo era el mantener allí la paz y el dominio español. Los mejores soldados y generales de nuestra Patria se curtieron allí durante casi dos siglos. Muchos son los nombres a destacar, como el gran Duque de Alba, aún hoy el “coco” para los niños holandeses, pero en este artículo nos centraremos en dos figuras, muy bien retratadas en un libro que hace tiempo llegó a mis manos y el cual recomiendo, LOS GENERALES DE FLANDES: ALEJANDRO FARNESIO Y AMBROSIO DE SPINOLA, DOS MILITARES AL SERVICIO DEL IMPERIO ESPAÑOL.

Detalle del cuadro de Velázquez sobre la rendición de Breda,
donde se ve a Spinola recibiendo las llaves de la ciudad.
De origen genovés y familia banquera adinerada, Ambrosio de Spinola fue un hombre de honor que gastó grandes fortunas en crear un ejército personal con el que servir al rey de España y ganar la gloria militar que tanto anhelaba. Consiguió grandes victorias para España en los inicios del siglo XVII, pese a que significó su ruina financiera. Su recompensa llegó cuando en 1611 se le nombró “Grande de España” y en 1620 fue nombrado Capitán General por una brillante campaña en el Bajo Palatinado en el marco de la Guerra de los Treinta Años. Su victoria más brillante la consiguió en 1625, con la famosa toma de Breda, que tan bien inmortalizó Velázquez en su cuadro de las lanzas. Como a muchos otros, su éxito le valió para caer en desgracia a ojos del envidioso valido del rey Felipe IV, el Conde Duque de Olivares, que no paró de zancadillearle en sus funciones hasta que pobre y dejado a su suerte murió en el sitio de Casale en Septiembre de 1630.
Bandera del Tercio de Spinola.

Alejandro Farnesio
Quizás más conocida es la figura de Alejandro Farnesio, por eso de que hoy día da nombre a uno de los Tercios de la Legión Española. Anterior a Spinola, era también italiano, sobrino de Felipe II, por ser hijo de Margarita de Parma, hija ilegítima del emperador Carlos V. Conocía bien Flandes por haber sido sus padres gobernadores y allí participó en numerosas acciones, como comandante del ejército de su tío Don Juan de Austria, con el que también luchó en la famosa Batalla de Lepanto. Tras la muerte por tifus de Don Juan, será el propio Alejandro quien tome el control de la zona y desarrolle una brillante gestión. Reconquistó las provincias de Brabante y Flandes y se panto ante Amberes, poniéndola sitio y destacando como un genio militar hasta rendirla en el 15 de Agosto de 1585. Como era hijo del Duque de Parma, recibe este título a la muerte de este, pero Felipe II no le deja visitar dicho ducado porque lo considera imprescindible en Flandes. Fue el encargado de mandar las tropas de tierra que debían embarcar en la Armada Invencible para invadir Inglaterra, y para ello conquistó Sluis como base de operaciones. Tras el fracaso de la invasión se instaló en Dunkerque. Fue enviado a Francia para apoyar a los católicos en la guerra de sucesión tras el asesinato de Enrique III, volviendo de nuevo a Flandes tras la conversión de Enrique IV. Murió en 1592 con tan solo 38 años a causa de una enfermedad.

Farnesio, Spinola, Don Juan, Requesens… muchos y grandes nombres que cubrieron de gloria las armas españolas en una tierra que esta regada por su sangre.


Video sobre el asedio a Breda y el cuadro de las lanzas hecho por la maravillosa web artehistoria.

jueves, 2 de septiembre de 2010

LOS GARROCHISTAS JEREZANOS DE BAILÉN.

Aunque ya han pasado las celebraciones por el segundo centenario de la Batalla de Bailén, es justo homenajear a unos hombres a los cuales la historiografía actual se ha empeñado en menospreciar su papel en tan famosa batalla, nos referimos a los antaño famosos garrochistas de Bailén.


Garrochistas en una reconstrucción histórica de Bailén.
Para los que no estén muy duchos en el tema, los garrochistas son los hombres a caballo encargados de cuidar las reses de toros, se puede decir que son sus “pastores”. Para controlar a estos poderosos animales se ayudan de un palo de unos 3 metros de largo, llamado garrocha, de la cual toman su nombre.


Cuadro de un garrochista.

Tras los hechos del 2 de Mayo en Madrid y la entrada del General Dupont en Andalucía, los patriotas de esta tierra empezaron a organizarse, especialmente al contemplar los desmanes y abusos que las tropas francesas cometieron en Córdoba. Bajo el mando del General Castaños se empezaron a agrupar miles de andaluces y gentes huídas de otras regiones, deseosos de vengar la afrenta francesa. Estos voluntarios procedían de todas las clases sociales y oficios, y con más o menos experiencia militar, lo que no faltaba era el valor. Entre todos ellos, empezaron a llegar los garrochistas, la mayoría de Jerez de la Frontera, tierra famosa por sus buenos caballos, y también algunos de la localidad sevillana de Utrera. No está muy claro cuál fue su número, pero según los estudiosos del tema, podrían rondar entre 250 y 500 efectivos. Pronto destacaron por sus vestimentas, llevaban un pañuelo de color rojo en la cabeza atado a la nuca cuyos picos caían sobre la espalda dejando ver una coleta envuelta por redecilla negra, sombrero calañés con moña, chaquetilla corta con hombreras y caireles, chaleco medio abierto por el que asomaba un pañuelo atado al cuello, faja negra o roja, calzones ajustados hasta la rodilla y botín abierto que dejaba ver medias azules o blancas. Como armamento tenían un cuchillo de monte en la faja y sus famosas garrochas para picar toros, pero a las que a muchas se les había cambiado la puya por punta de lanza.

Encuadrados en la 4ª División del General Manuel de la Peña, ya tres días antes de la gran batalla en Bailén tuvieron un importantísimo papel en la toma de Mengíbar, bajo el mando del Capitán José Cheriff, cayendo el mismo en la acción junto a los primeros garrochistas que regaron con su sangre la tierra andaluza. Pero fue el 19 de Julio cuando su nombre se incorporó a la leyenda. Gracias a sus dotes como excelentes jinetes y a lo ligero de su equipo, podían maniobrar con gran rapidez entre los numerosos olivares que pueblan esa tierra jienense, y así de forma temible cargaron a todo galope con una formación en cuña que diezmó a la vanguardia enemiga, deshaciendo el ala izquierda francesa y adentrándose hasta el grueso del ejército a través de los olivares al grito de: ¡¡España Jerez, a por ellos, como a las vacas!! Tras el tremendo choque, los garrochistas se cebaron en perseguir a los franceses, hasta que la superioridad numérica de éstos acabó con su valor. Para comprender lo valeroso de su acción, basta decir que solo 30 sobrevivieron. Aquellos audaces lanceros voluntarios de Utrera y Jerez vestidos de paisano asombraron a los oficiales napoleónicos tanto por su bravura e indumentaria como por su armamento, ya que nunca antes aquellas gruesas y largas garrochas de tres metros de largo se habían visto en una batalla moderna. En el parte del general Reding a Castaños de fecha 22 de julio de 1808, se alaba a estos voluntarios utreranos y jerezanos, calificándolos de “bisoños triunfadores de las águilas napoleónicas”. El 24 de agosto de ese mismo año las tropas del general Castaños entraron victoriosas en Madrid, con ellas, un puñado de jinetes jerezanos causaron la admiración de todos por su fama y peculiar indumentaria, eran los supervivientes de aquella histórica gesta. Después de aquella batalla muchos serían los garrochistas jerezanos que siguieron engrosando la caballería del ejército español, circunstancia ésta que trajo en jaque a los franceses hasta su salida definitiva de suelo patrio. Ello podemos desprender de un bando publicado en febrero de 1810 colgado en las plazas de Jerez, cuando las dichas tropas napoleónicas ocuparon la ciudad. Entre otras muchas medidas de represión decía lo siguiente: “Todo individuo que auxilie a los garrochistas será fusilado o ahorcado. El que avise para prenderlos será gratificado con cuatrocientos reales y si el mismo es soldado será ascendido”.

Quisiera dedicar este artículo a un jerezano de pro, orgullo de su tierra tanto él como su familia, mi compañero Alejandro Sánchez Sabido.
Maqueta de un garrochista en Bailén.


Bibliografía: -Wikipedia.

-Artículo de Antonio Mariscal Trujillo.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

LA RESISTENCIA DE SAGUNTO.

Cuando hablamos de resistir hasta el final, de defender lo nuestro hasta que no nos quede ni una brizna de fuerza, siempre nos viene al recuerdo la resistencia de la ciudad de Numancia contra los romanos. Cierto que fue esta una gesta increíble y merecedora de su fama, pero no es algo aislado, ni mucho menos, en la historia del pueblo español. Casi un siglo antes de la epopeya numantina, otra ciudad española protagonizó un episodio muy semejante. Entonces el enemigo no era Roma, sino Cartago, y aunque no era Escipión el general que mandaba el asedio, el que estaba al frente de los cartaginenses no le quedaba a la zaga, pues era el mismísimo Aníbal que sembró Roma de terror. La ciudad que se enfrentó a él hasta el final era la edetana Arse, o como la bautizaron los romanos, y cuyo nombre ha llegado hasta nuestros días, Sagunto.


Hemos de situar los hechos a finales del siglo III a.C., concretamente en el 218 a.C., en el preludio de la Segunda Guerra Púnica que enfrentaría a las dos potencias del momento, Roma y Cartago. Tras la primera guerra entre ambas, Roma había vencido y Cartago se vio obligada a pagar grandes tributos como compensación. Para poder obtener recursos con que pagarlos, y de paso aumentar sus fuerzas, Cartago, concretamente a través de la familia Bárquida, había invadido una parte de Hispania. Roma veía con preocupación estos movimientos y presentó sus quejas. El asunto se zanjó con el Tratado del Ebro, por el cual ambas potencias limitaban sus áreas de influencia en Hispania con este río como frontera. El problema era que al sur del Ebro, que era la zona cartaginesa, había ciudades, como Sagunto, aliadas de Roma.

Sagunto era entonces una ciudad ibera, de la tribu de los edetanos y que recibía el nombre de Arse. Era una de las ciudades más poderosas de Levante y otras ciudades vecinas, de la tribu de los turboletas, la temían por sus ansias de expansión. Estas ciudades se aliaron con Cartago, que para entonces ya mantenía una autentica guerra fría con Roma. Sagunto fue el detonante para que estallara la guerra. Roma argumentó que habían atacado a una aliada suya, y Cartago se excusaba en que la ciudad estaba en su territorio y se había revelado a su autoridad.

La mayor parte de la información que tenemos del asedio es a través de las fuentes romanas, especialmente Tito Livio, que como es normal son muy partidistas a favor de Sagunto, pero no nos queda más que confiar en su criterio.
 Aníbal se presentó ante Sagunto con una estrategia firme, sin riesgos, basada en asediar por tres flancos, el valle, el río y en el punto más débil de la ciudad, el extremo occidental del alcázar. Para ello contaba con lo último en poliorcética (arte del asedio), torres de asalto, ballestas, arietes, etc. Lo que en un principio parecía iba a ser una rápida conquista, se prolongará durante 8 largos meses.

Los arietes cartagineses encuentran muchas dificultadas para acercarse a las murallas, ya que desde ellas los edetanos les arrojan de todo. Además aprovechan las noches para hacer incursiones en el campamento cartaginés y provocarles numerosas bajas. Finalmente los cartagineses consiguen derrumbar tres torres de las murallas de la ciudad y por esta brecha lanzan su ataque. Los saguntinos se concentran aquí y no solo rechazan el ataque, sino que hacen huir al enemigo hasta su campamento. Un arma que dio gran resultado a los edetanos fue la falárica, una fina lanza que untaban de pez (semejante al petróleo) y le prendían fuego. Al caer sobre los escudos de los cartagineses, estos se veían obligados a soltarlos y quedaban indefensos ante los proyectiles saguntinos.

En el transcurso del asedio y antes de que Roma declarara formalmente la guerra una Cartago, la ciudad eterna envió una embajada a entrevistarse con Aníbal y pedirle explicaciones. El encuentro fracasó y la guerra era inminente. Roma, ocupada en sofocar una revuelta en Iliria, no envió ningún tipo de ayuda a su aliada Sagunto.

Aníbal estaba cada vez más desesperado por la tardanza en tomar la ciudad y redobló sus esfuerzos. Con las torres de asalto consiguió abrir varias brechas y los saguntinos se ven cada vez más acorralados, teniendo que usar los escombros para construir nuevas defensas. Tras un sangriento asalto, Aníbal se apodera de una de las torres del Alcázar. La situación es cada vez más desesperada para los saguntinos que están acorraladas y alimentándose de cortezas de árbol y cuero reblandecido, por lo que deciden pedirle a Aníbal sus condiciones para la rendición. Este les exige unas condiciones durísimas, como todo el oro y palta de la ciudad, devolverle a los turboletas todo lo robado y dejar la ciudad con tan solo dos vestidos. Los edetanos, orgullosos guerreros iberos, no pueden soportar esa humillación y deciden que es mejor resistir hasta la última gota de sangre. Montan una enorme pira en la ciudad donde arrojan todos los objetos valiosos junto a plomo y bronce, para que al fundirse estropearan el oro y la plata e impidieran su uso por parte del enemigo. En un último acto suicida, con las pocas fuerzas que les quedan, quieren morir haciendo el mayor daño posible y salen de la ciudad cargando contra los cartagineses para llevarse al otro mundo a los máximos posibles. Poco pueden hacer ante el poderoso ejército enemigo y rápidamente caen todos. Las mujeres ven estos sucesos desde lo alto de las murallas, desesperadas matan primero a sus propios hijos y luego se lanzan al abismo para que ninguno de ellos sea mancillado por los invasores. La salvaje resistencia ha concluido. Tras 8 meses Aníbal solo podrá recoger cenizas y cadáveres como botín de su victoria. Sagunto y los edetanos han pasado a ser parte de la historia más gloriosa de nuestra Patria.

Últimos días de Sagunto, de F. Domingos Marqués,
Palacio de la Generalidad, Valencia


Bibliografía: -www.rutasdevalencia.com

-www.historialago.com

-Wikipedia.
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