viernes, 3 de septiembre de 2010

MANTUVIERON LA PICA EN FLANDES.

Ambrosio de Spinola
En la gloriosa época del Imperio Solar Español se acuñó el dicho “poner una pica en Flandes”, cuyo significado es conseguir realizar una hazaña muy costosa. Su origen viene de lo complicado que era llevar las tropas españolas acantonadas en Italia, al siempre beligerante territorio de Flandes cuando allí estallaban los conflictos y revueltas que caracterizaron nuestra presencia en aquellas inhóspitas tierras. A través del “Camino Español” los Tercios españoles batieron auténticos records de velocidad para llegar a tiempo de sofocar los levantamientos y clavar la famosa pica. Aunque este camino tenía varias ramificaciones y fue variando a lo largo del tiempo, el itinerario más común era el que iba de Milán a Namur, unos 1150 km, que se recorrían en tan solo 48 días de media. Más impresionante aún fue cuando en Febrero de 1578 una expedición española lo hizo en tan solo 32 días, en brutales marchas forzadas de más de 35 km diarios durante más de un mes, para poder llegar a tiempo de cumplir su objetivo.


Pero si difícil era llegar a Flandes, no menos lo era el mantener allí la paz y el dominio español. Los mejores soldados y generales de nuestra Patria se curtieron allí durante casi dos siglos. Muchos son los nombres a destacar, como el gran Duque de Alba, aún hoy el “coco” para los niños holandeses, pero en este artículo nos centraremos en dos figuras, muy bien retratadas en un libro que hace tiempo llegó a mis manos y el cual recomiendo, LOS GENERALES DE FLANDES: ALEJANDRO FARNESIO Y AMBROSIO DE SPINOLA, DOS MILITARES AL SERVICIO DEL IMPERIO ESPAÑOL.

Detalle del cuadro de Velázquez sobre la rendición de Breda,
donde se ve a Spinola recibiendo las llaves de la ciudad.
De origen genovés y familia banquera adinerada, Ambrosio de Spinola fue un hombre de honor que gastó grandes fortunas en crear un ejército personal con el que servir al rey de España y ganar la gloria militar que tanto anhelaba. Consiguió grandes victorias para España en los inicios del siglo XVII, pese a que significó su ruina financiera. Su recompensa llegó cuando en 1611 se le nombró “Grande de España” y en 1620 fue nombrado Capitán General por una brillante campaña en el Bajo Palatinado en el marco de la Guerra de los Treinta Años. Su victoria más brillante la consiguió en 1625, con la famosa toma de Breda, que tan bien inmortalizó Velázquez en su cuadro de las lanzas. Como a muchos otros, su éxito le valió para caer en desgracia a ojos del envidioso valido del rey Felipe IV, el Conde Duque de Olivares, que no paró de zancadillearle en sus funciones hasta que pobre y dejado a su suerte murió en el sitio de Casale en Septiembre de 1630.
Bandera del Tercio de Spinola.

Alejandro Farnesio
Quizás más conocida es la figura de Alejandro Farnesio, por eso de que hoy día da nombre a uno de los Tercios de la Legión Española. Anterior a Spinola, era también italiano, sobrino de Felipe II, por ser hijo de Margarita de Parma, hija ilegítima del emperador Carlos V. Conocía bien Flandes por haber sido sus padres gobernadores y allí participó en numerosas acciones, como comandante del ejército de su tío Don Juan de Austria, con el que también luchó en la famosa Batalla de Lepanto. Tras la muerte por tifus de Don Juan, será el propio Alejandro quien tome el control de la zona y desarrolle una brillante gestión. Reconquistó las provincias de Brabante y Flandes y se panto ante Amberes, poniéndola sitio y destacando como un genio militar hasta rendirla en el 15 de Agosto de 1585. Como era hijo del Duque de Parma, recibe este título a la muerte de este, pero Felipe II no le deja visitar dicho ducado porque lo considera imprescindible en Flandes. Fue el encargado de mandar las tropas de tierra que debían embarcar en la Armada Invencible para invadir Inglaterra, y para ello conquistó Sluis como base de operaciones. Tras el fracaso de la invasión se instaló en Dunkerque. Fue enviado a Francia para apoyar a los católicos en la guerra de sucesión tras el asesinato de Enrique III, volviendo de nuevo a Flandes tras la conversión de Enrique IV. Murió en 1592 con tan solo 38 años a causa de una enfermedad.

Farnesio, Spinola, Don Juan, Requesens… muchos y grandes nombres que cubrieron de gloria las armas españolas en una tierra que esta regada por su sangre.


Video sobre el asedio a Breda y el cuadro de las lanzas hecho por la maravillosa web artehistoria.

jueves, 2 de septiembre de 2010

LOS GARROCHISTAS JEREZANOS DE BAILÉN.

Aunque ya han pasado las celebraciones por el segundo centenario de la Batalla de Bailén, es justo homenajear a unos hombres a los cuales la historiografía actual se ha empeñado en menospreciar su papel en tan famosa batalla, nos referimos a los antaño famosos garrochistas de Bailén.


Garrochistas en una reconstrucción histórica de Bailén.
Para los que no estén muy duchos en el tema, los garrochistas son los hombres a caballo encargados de cuidar las reses de toros, se puede decir que son sus “pastores”. Para controlar a estos poderosos animales se ayudan de un palo de unos 3 metros de largo, llamado garrocha, de la cual toman su nombre.


Cuadro de un garrochista.

Tras los hechos del 2 de Mayo en Madrid y la entrada del General Dupont en Andalucía, los patriotas de esta tierra empezaron a organizarse, especialmente al contemplar los desmanes y abusos que las tropas francesas cometieron en Córdoba. Bajo el mando del General Castaños se empezaron a agrupar miles de andaluces y gentes huídas de otras regiones, deseosos de vengar la afrenta francesa. Estos voluntarios procedían de todas las clases sociales y oficios, y con más o menos experiencia militar, lo que no faltaba era el valor. Entre todos ellos, empezaron a llegar los garrochistas, la mayoría de Jerez de la Frontera, tierra famosa por sus buenos caballos, y también algunos de la localidad sevillana de Utrera. No está muy claro cuál fue su número, pero según los estudiosos del tema, podrían rondar entre 250 y 500 efectivos. Pronto destacaron por sus vestimentas, llevaban un pañuelo de color rojo en la cabeza atado a la nuca cuyos picos caían sobre la espalda dejando ver una coleta envuelta por redecilla negra, sombrero calañés con moña, chaquetilla corta con hombreras y caireles, chaleco medio abierto por el que asomaba un pañuelo atado al cuello, faja negra o roja, calzones ajustados hasta la rodilla y botín abierto que dejaba ver medias azules o blancas. Como armamento tenían un cuchillo de monte en la faja y sus famosas garrochas para picar toros, pero a las que a muchas se les había cambiado la puya por punta de lanza.

Encuadrados en la 4ª División del General Manuel de la Peña, ya tres días antes de la gran batalla en Bailén tuvieron un importantísimo papel en la toma de Mengíbar, bajo el mando del Capitán José Cheriff, cayendo el mismo en la acción junto a los primeros garrochistas que regaron con su sangre la tierra andaluza. Pero fue el 19 de Julio cuando su nombre se incorporó a la leyenda. Gracias a sus dotes como excelentes jinetes y a lo ligero de su equipo, podían maniobrar con gran rapidez entre los numerosos olivares que pueblan esa tierra jienense, y así de forma temible cargaron a todo galope con una formación en cuña que diezmó a la vanguardia enemiga, deshaciendo el ala izquierda francesa y adentrándose hasta el grueso del ejército a través de los olivares al grito de: ¡¡España Jerez, a por ellos, como a las vacas!! Tras el tremendo choque, los garrochistas se cebaron en perseguir a los franceses, hasta que la superioridad numérica de éstos acabó con su valor. Para comprender lo valeroso de su acción, basta decir que solo 30 sobrevivieron. Aquellos audaces lanceros voluntarios de Utrera y Jerez vestidos de paisano asombraron a los oficiales napoleónicos tanto por su bravura e indumentaria como por su armamento, ya que nunca antes aquellas gruesas y largas garrochas de tres metros de largo se habían visto en una batalla moderna. En el parte del general Reding a Castaños de fecha 22 de julio de 1808, se alaba a estos voluntarios utreranos y jerezanos, calificándolos de “bisoños triunfadores de las águilas napoleónicas”. El 24 de agosto de ese mismo año las tropas del general Castaños entraron victoriosas en Madrid, con ellas, un puñado de jinetes jerezanos causaron la admiración de todos por su fama y peculiar indumentaria, eran los supervivientes de aquella histórica gesta. Después de aquella batalla muchos serían los garrochistas jerezanos que siguieron engrosando la caballería del ejército español, circunstancia ésta que trajo en jaque a los franceses hasta su salida definitiva de suelo patrio. Ello podemos desprender de un bando publicado en febrero de 1810 colgado en las plazas de Jerez, cuando las dichas tropas napoleónicas ocuparon la ciudad. Entre otras muchas medidas de represión decía lo siguiente: “Todo individuo que auxilie a los garrochistas será fusilado o ahorcado. El que avise para prenderlos será gratificado con cuatrocientos reales y si el mismo es soldado será ascendido”.

Quisiera dedicar este artículo a un jerezano de pro, orgullo de su tierra tanto él como su familia, mi compañero Alejandro Sánchez Sabido.
Maqueta de un garrochista en Bailén.


Bibliografía: -Wikipedia.

-Artículo de Antonio Mariscal Trujillo.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

LA RESISTENCIA DE SAGUNTO.

Cuando hablamos de resistir hasta el final, de defender lo nuestro hasta que no nos quede ni una brizna de fuerza, siempre nos viene al recuerdo la resistencia de la ciudad de Numancia contra los romanos. Cierto que fue esta una gesta increíble y merecedora de su fama, pero no es algo aislado, ni mucho menos, en la historia del pueblo español. Casi un siglo antes de la epopeya numantina, otra ciudad española protagonizó un episodio muy semejante. Entonces el enemigo no era Roma, sino Cartago, y aunque no era Escipión el general que mandaba el asedio, el que estaba al frente de los cartaginenses no le quedaba a la zaga, pues era el mismísimo Aníbal que sembró Roma de terror. La ciudad que se enfrentó a él hasta el final era la edetana Arse, o como la bautizaron los romanos, y cuyo nombre ha llegado hasta nuestros días, Sagunto.


Hemos de situar los hechos a finales del siglo III a.C., concretamente en el 218 a.C., en el preludio de la Segunda Guerra Púnica que enfrentaría a las dos potencias del momento, Roma y Cartago. Tras la primera guerra entre ambas, Roma había vencido y Cartago se vio obligada a pagar grandes tributos como compensación. Para poder obtener recursos con que pagarlos, y de paso aumentar sus fuerzas, Cartago, concretamente a través de la familia Bárquida, había invadido una parte de Hispania. Roma veía con preocupación estos movimientos y presentó sus quejas. El asunto se zanjó con el Tratado del Ebro, por el cual ambas potencias limitaban sus áreas de influencia en Hispania con este río como frontera. El problema era que al sur del Ebro, que era la zona cartaginesa, había ciudades, como Sagunto, aliadas de Roma.

Sagunto era entonces una ciudad ibera, de la tribu de los edetanos y que recibía el nombre de Arse. Era una de las ciudades más poderosas de Levante y otras ciudades vecinas, de la tribu de los turboletas, la temían por sus ansias de expansión. Estas ciudades se aliaron con Cartago, que para entonces ya mantenía una autentica guerra fría con Roma. Sagunto fue el detonante para que estallara la guerra. Roma argumentó que habían atacado a una aliada suya, y Cartago se excusaba en que la ciudad estaba en su territorio y se había revelado a su autoridad.

La mayor parte de la información que tenemos del asedio es a través de las fuentes romanas, especialmente Tito Livio, que como es normal son muy partidistas a favor de Sagunto, pero no nos queda más que confiar en su criterio.
 Aníbal se presentó ante Sagunto con una estrategia firme, sin riesgos, basada en asediar por tres flancos, el valle, el río y en el punto más débil de la ciudad, el extremo occidental del alcázar. Para ello contaba con lo último en poliorcética (arte del asedio), torres de asalto, ballestas, arietes, etc. Lo que en un principio parecía iba a ser una rápida conquista, se prolongará durante 8 largos meses.

Los arietes cartagineses encuentran muchas dificultadas para acercarse a las murallas, ya que desde ellas los edetanos les arrojan de todo. Además aprovechan las noches para hacer incursiones en el campamento cartaginés y provocarles numerosas bajas. Finalmente los cartagineses consiguen derrumbar tres torres de las murallas de la ciudad y por esta brecha lanzan su ataque. Los saguntinos se concentran aquí y no solo rechazan el ataque, sino que hacen huir al enemigo hasta su campamento. Un arma que dio gran resultado a los edetanos fue la falárica, una fina lanza que untaban de pez (semejante al petróleo) y le prendían fuego. Al caer sobre los escudos de los cartagineses, estos se veían obligados a soltarlos y quedaban indefensos ante los proyectiles saguntinos.

En el transcurso del asedio y antes de que Roma declarara formalmente la guerra una Cartago, la ciudad eterna envió una embajada a entrevistarse con Aníbal y pedirle explicaciones. El encuentro fracasó y la guerra era inminente. Roma, ocupada en sofocar una revuelta en Iliria, no envió ningún tipo de ayuda a su aliada Sagunto.

Aníbal estaba cada vez más desesperado por la tardanza en tomar la ciudad y redobló sus esfuerzos. Con las torres de asalto consiguió abrir varias brechas y los saguntinos se ven cada vez más acorralados, teniendo que usar los escombros para construir nuevas defensas. Tras un sangriento asalto, Aníbal se apodera de una de las torres del Alcázar. La situación es cada vez más desesperada para los saguntinos que están acorraladas y alimentándose de cortezas de árbol y cuero reblandecido, por lo que deciden pedirle a Aníbal sus condiciones para la rendición. Este les exige unas condiciones durísimas, como todo el oro y palta de la ciudad, devolverle a los turboletas todo lo robado y dejar la ciudad con tan solo dos vestidos. Los edetanos, orgullosos guerreros iberos, no pueden soportar esa humillación y deciden que es mejor resistir hasta la última gota de sangre. Montan una enorme pira en la ciudad donde arrojan todos los objetos valiosos junto a plomo y bronce, para que al fundirse estropearan el oro y la plata e impidieran su uso por parte del enemigo. En un último acto suicida, con las pocas fuerzas que les quedan, quieren morir haciendo el mayor daño posible y salen de la ciudad cargando contra los cartagineses para llevarse al otro mundo a los máximos posibles. Poco pueden hacer ante el poderoso ejército enemigo y rápidamente caen todos. Las mujeres ven estos sucesos desde lo alto de las murallas, desesperadas matan primero a sus propios hijos y luego se lanzan al abismo para que ninguno de ellos sea mancillado por los invasores. La salvaje resistencia ha concluido. Tras 8 meses Aníbal solo podrá recoger cenizas y cadáveres como botín de su victoria. Sagunto y los edetanos han pasado a ser parte de la historia más gloriosa de nuestra Patria.

Últimos días de Sagunto, de F. Domingos Marqués,
Palacio de la Generalidad, Valencia


Bibliografía: -www.rutasdevalencia.com

-www.historialago.com

-Wikipedia.

martes, 31 de agosto de 2010

LA DEFENSA DEL CASTILLO DEL MORRO.

Don Luis de Velasco, héroe de la defensa del Morro.
Uno de los mayores privilegios de los que goza la Infantería de Marina Española (aparte de ser la más antigua del mundo), es la consideración de Cuerpo de la Casa Real, el cual le fue concedido por R.O. DE 22 de Marzo de 1763, debido al heroico comportamiento de sus miembros en la defensa en La Habana del Castillo del Morro. Hemos de situarnos en el marco de la Guerra de los Siete Años (1756-1763), la que Winston Churchill consideró como la verdadera primera guerra mundial de la historia, ya que se desarrolló en tres continentes (Europa, América y Asia) e involucró a Gran Bretaña, Hannover, Prusia y Portugal contra Francia, Austria, Rusia, Suecia, Sajonia y España.


Tras el periodo de paz que caracterizó el reinado de Fernando VI, la llegada de Carlos III significó un cambio de rumbo y la firma del Tercer Tratado de familia con Francia fue lo que empujo al monarca español a involucrarse en esta guerra, sin olvidar las afrentas inglesas con sus continuos ataques a los barcos españoles en las Antillas y el Atlántico.

En Marzo de 1762 una gran escuadra inglesa parte hacia La Habana para apoderarse de ella. Sus fuerzas se componían de 74 buques de guerra, 150 de transporte, 22000 hombres (más 4000 de refuerzo que llegarían de las colonias americanas) y 2292 cañones de todos los calibres.

Mientras en La Habana el Capitán General de Cuba, Don Juan de Prado Malleza Portocarrero y Luna, empezaba a tomar decisiones desafortunadas, como no juntar todas las fuerzas marítimas de la isla, junto a las francesas, para poder haber hecho frente a la escuadra inglesa.

Las fuerzas con las que contaba España en La Habana para su defensa eran el Regimiento de infantería de la Habana mandado por el coronel Alejandro Arroyo y compuesto por cuatro batallones de seis compañías con una fuerza total de 856 soldados, sin contar oficiales y los destacamentos destinados en diferentes puntos de Cuba y La Florida; el segundo batallón del Regimiento de infantería España al mando del Teniente Coronel Feliú formado por nueve compañías con 645 soldados sin contar oficiales; el segundo batallón del Regimiento Aragón mandado por el Teniente Coronel Panés Moreno formado por nueve compañías con 636 soldados sin contar oficiales; el cuerpo de Dragones de la Habana que estaba repartido por diferentes destinos estando en la Habana una fuerza de cuatro compañías compuestas por 54 soldados a caballo y 21 a pie y los Dragones de Edimburgo formado por 200 a caballo sin contar oficiales. La situación de la artillería era bastante precaria. Se consideraba que para una buena defensa de la ciudad eran necesarios 595 cañones, disponiéndose solo de 340 de los cuales únicamente 107 estaba totalmente operativos. A estos se sumaban 69 que envió el Virrey de México y 171 artilleros divididos en dos compañías.

El 6 de Junio los ingleses se sitúan frente a La Habana. Se crea una junta de defensa presidida por Don Juan de Prado, la cual tomará dos decisiones trágicas que marcarán el futuro de la defensa. Primero tras mandar subir con gran esfuerzo dos baterías de cañones a el cerro de La Cabaña, sitio estratégico pero con escasas defensas y ser este atacado por tierra por los ingleses, se ordena al segundo día de ataque despeñar los cañones y retirarse si atacan los ingleses, lo cual ocurrió. La segunda equivocación es la de hundir el 9 y 10 de Junio tres navíos en el estrecho canal de entrada de la bahía para evitar la entrada de la flota inglesa. Estos navíos eran de los mejores de la escuadra española, el Neptuno de 70 cañones y los Asia y Europa de 60 cañones .Los ingleses, sin podérselo creer, se frotan las manos tras ser inutilizada la flota enemiga sin disparar un solo tiro. Perdida la flota se ordena desmantelar los cañones y repartir las provisiones, así como tropa y marineros entre las diferentes guarniciones. Es aquí donde empieza a tomar protagonismo el gran héroe de esta historia, el Capitán de Navío Don Luis de Velasco y Fernández de la Isla, que es enviado a la defensa del Morro.

El 11 de junio los ingleses son dueños del cerro de la Cabaña, así como de los fuertes de la Chorrera y Torreón de San Lázaro. La situación de La Habana es desesperada y se empieza a evacuar a los civiles. Los ingleses disponen el 14 de junio de tres baterías de cañones en La Cabaña, a escasos 190 metros del Morro y en posiciones más elevadas, los cuales disparan sobre la ciudad y el Morro, sumándose a los que disparan desde el mar. Durante los siguientes días las decisiones de la Junta de Defensa, más que ayudar son un estorbo para los intereses españoles, y don Luis de Velasco no cesará de pedir que se organicen salidas para atacar las posiciones enemigas y aliviar la presión a la que se ve sometido el Morro.

El día 29 de junio se lleva a cabo un ataque a las baterías inglesas que fracasa pero permite que 300 soldados al mando del coronel Arroyo entre en el Morro para reforzar a la guarnición.

Vista actual del Castillo de los Tres Reyes del Morro,
nombre completo de la fortaleza.
El 1 de julio se lleva a cabo un ataque general por tierra y mar contra el castillo. Por mar un navío inglés, el Namur, debió ser remolcado por lanchas al haber perdido todos sus palos, otros dos, el Cambridge y Marlborough sufrieron daños. El comandante de un cuarto, el Stirling Castle, fue relevado de su cargo y juzgado por cobardía. Por tierra las baterías del general Keppel van desmontando una a una las piezas que defienden al castillo. Los baluartes y las cortinas se resquebrajaban, los soldados mueren despedazados por los proyectiles de los cañones o enterrados al derrumbarse los muros que protegen el Morro. Con todo el castillo resiste. Al día siguiente han desaparecido las obras exteriores del castillo. Los cañones dentro del Morro son cada vez más escasos y por la tarde solo dos de ellos están en situación de hacer fuego.

Por la noche, tras estos interminables días, se hacen prodigiosos esfuerzos para llevar al castillo, desde la Habana, tropas de refresco y cañones para sustituir aquellos que han sido destrozados. Pero los ingleses también van aumentando el número de bocas de fuego que disparan desde tierra por lo que siempre estarán los españoles en inferioridad. Para el 12 de julio veinte cañones ingleses disparan contra cinco o seis españoles que responden.

El 15 de julio don Luis de Velasco, con un esfuerzo sobrehumano, ya que se hallaba enfermo, acude a las murallas en ruinas y con su presencia anima a los soldados a mantener la defensa. En ese momento será cuando es gravemente herido en la espalda por la metralla. Contra su voluntad debe ceder el mando de la guarnición al Capitán de Navío Francisco de Medina y es trasladado a la Habana para que le curen las heridas.

El combate continúa, el 17 de julio solo quedan dos cañones activos, los ingleses inician una mina para volar los muros. El día 19 y 20 se consigue instalar tres nuevos cañones que pronto quedaran inservibles. Los merlones que dan a tierra están todos destruidos. El trabajo de las minas prosigue amenazadoramente.

El día 23 de julio las tropas españolas atacan a las inglesas con idea de destruir sus baterías. Este ataque desde la Habana ha sido ideado, como no, por don Luis de Velasco quien, a pesar de la gravedad de su herida, no cesa en la idea de una defensa activa frente al enemigo al contrario que el gobernador y la Junta que postulan una defensa pasiva a la espera que la enfermedad destruya al ejército enemigo como sucedió en Cartagena de Indias en la inolvidable defensa de don Blas de Lezo. Fracasó el ataque debido a un fallo en la coordinación. Sin esperanzas de parar las obras de las minas que cada vez se aproximaban más a los muros del castillo, don Luis de Velasco, a pesar de su herida, volvió a asumir su puesto en la defensa del castillo que se sabía sentenciado.

El día 27 de julio los ingleses cortaron la única posibilidad que tenían los españoles del Morro de comunicarse con la ciudad que era con pequeñas embarcaciones por el centro de la bahía. Los cañones ingleses habían cortado esta mínima vía de escape. Desde ese instante la guarnición del Morro se encontraba aislada y sin ninguna posibilidad de recibir suministros o refuerzos.

Al día siguiente los ingleses recibieron un refuerzo de 3.000 soldados procedentes de las colonias americanas. Uno de estos soldados era un joven que respondía al nombre de George Washington. Estos refuerzos causan tan buen efecto moral entre los ingleses que se deciden al asalto final.

Velasco sabe que el castillo está sentenciado por lo que comunica a la Junta la situación y solicita ordenes. La Junta de Defensa, en su línea e incapaz de tomar ninguna decisión, le contesta que actué como crea oportuno. Para un hombre como Velasco,con un sentido del deber y pundonor tan marcado es prácticamente una incitación a que lleve a cabo una lucha hasta la última gota de sangre.

El día 30 de julio de 1762 el general William Keppel da la orden de atacar. El orden de ataque será los destacamentos de zapadores delante tras ellos cuatro compañías de soldados, el general Keppel al mando de una brigada detrás y al final el resto de las brigadas.

Cuadro que muestra como los buques ingleses
se retiran del Morro seriamente dañados.
A las dos de la tarde, la hora de más calor, explotan las minas y las tropas parten al asalto. Se inicia un combate cuerpo a cuerpo por el castillo de una ferocidad inaudita. Don Luis reúne entorno a sí una fuerza de cien hombres en los parapetos que están alrededor de la bandera y anima la defensa hasta que una bala le atraviesa el pecho. El mando de la fortaleza pasa al otro gran héroe de la jornada, don Vicente González-Valor de Bassecourt que no permitió que se le fuera robado su estandarte y murió con el cuerpo atravesado por las bayonetas enemigas mientras abrazaba la enseña nacional. Ante la falta de líderes y tras tantos días de sufrimiento, combate y penurias, los supervivientes deciden rendir la fortaleza.

Los ingleses han quedado profundamente impresionados por el valor mostrado por los españoles en la defensa del castillo y en especial con su comandante. Sin pensarlo dos veces organizan el traslado de don Luis de Velasco a la Habana para que sea cuidado por médicos españoles, en el traslado a la ciudad la acompañara uno de los oficiales del conde de Albermale. Pese a todo, las heridas eran muy graves y nada se puedo hacer. Dos días después fallecería el heroico marino.

Pero no acabó aquí la admiración inglesa por nuestro héroe, y en un gesto que les honra le levantaron un monumento en la abadía de Westminster, el cual todavía se puede visitar. Además el estandarte español que capturaron en el Morro lo guardaron con gran respeto en la Torre de Londres. Por último y hasta entrado el siglo XX, cada vez que un barco de guerra británico pasaba por Noja, en Cantabria, disparaba salvas de honor en nombre de don Luis de Velasco, por ser natural de esta localidad marinera.

En España, el rey Carlos III, junto al honor otorgado a la Infantería de Marina, concedió títulos a los familiares de don Luis de Velasco y del no menos heroico don Vicente González. También construyó un monumento a Velasco cerca de Noja y declaró que un navío de guerra español siempre llevaría su nombre.

Por el contrario, la desastrosa Junta de Defensa fue tratada con total deshonor por los ingleses, y los principales oficiales españoles fueron embarcados y devueltos a España donde les esperaba un juicio para dilucidar su actuación. El proceso reveló los fallos cometidos en la defensa de la plaza de la Habana.

La perdida de la batalla significó perder La Habana, pero no por mucho tiempo, ya que tras la firma de la paz esta volvió a España, a cambio de Florida, recibiendo España la Luisiana por parte francesa a modo de compensación.
Castillo del Morro

Bibliografía: Wikipedia y diversas webs de Internet sobre numismática e Infantería de Marina.

lunes, 30 de agosto de 2010

La invencible inglesa.

Uno de los mayores bulos de la leyenda negra española y de esa historiografía anglosajona que tanto nos gusta creernos a los españoles, es el de la famosa Armada Invencible. Ese seudónimo se lo pusieron los ingleses en parte como mofa y en parte para glorificar su victoria. El nombre real de la expedición que pretendía invadir Inglaterra era La Grande y Felicísima Armada, y no, no sufrió una derrota, ni tan siquiera un estrepitoso desastre, sino que más bien fue una fracaso. Fracaso porque no consiguió su objetivo y porque murieron alrededor de 15000 hombres en el intento, además de perderse varias naves. Pero como muchos autores, por suerte, ya han sabido demostrar esto se debió más que nada a los temporales que sufrió y a su mala dirección, pues su principal comandante, el Marqués de Santa Cruz, murió mientras la preparaba y el mando recayó en un inexperto Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia. Los ingleses, también sufrieron alrededor de 8000 bajas, y sus acciones se limitaron a hostigar a barcos perdidos por el temporal y aislados. La mayor parte de naves que los españoles perdieron no eran de guerra, sino mercantes, eso sí con valiosa carga, y casi todo el grueso de la expedición pudo volver a la península para reparar los barcos que habían quedado muy dañados.


Maria Pita dando muerte al alférez inglés
Mucho se podría profundizar de este tema, pero vamos hablar de lo que ocurrió al año siguiente, en 1589, cuando los ingleses, aprovechando la debilidad de la Armada española, que seguía en reparación, montaron una gran expedición para atacar las costas españolas y con el objetivo de sublevar a los portugueses (entonces bajo la corona de Felipe II) contra el rey español. La escuadra inglesa la mandaban Drake, que tantas falsas medallas se puso en el fracaso de la Invencible española, y Norris.

Pese a que el objetivo principal era la mencionada rebelión portuguesa, el ansia de botín de la mayoría de embarcados, como el mismo Drake, contra la opinión del resto de comandantes, hizo que la Armada inglesa se dirigiera a saquear La Coruña. Aquí comenzó el desastre militar de los ingleses fue absoluto, y digo desastre militar, porque a lo largo de la expedición, las 13000 bajas inglesas (cifras estimables, porque los ingleses no dejaron muchos documentos sobre sus derrotas) si fueron en combate. La ciudad gallega resistió bravamente, destacando el episodio de María Pita, que dio muerte a un alférez inglés que se colaba en la ciudad por una brecha de la muralla, dícese que con el sable de su marido, que acababa de caer en combate. Ante la noticia de que llegaban refuerzos terrestres españoles, los ingleses, derrotados en todos sus intentos por los coruñeses, siguieron hacia Lisboa. No les fueron muy bien allí las cosas, ya que no consiguieron que los portugueses les apoyaran en masa como esperaban y cada vez sufrían más deserciones en sus propias filas, algo constante desde que salieron de Inglaterra. Además la pequeña escuadra española comandada por don Martín de Padilla no dejaba de infligirles daños y bajas constantes. Visto lo visto, los ingleses decidieron que la retirada era la mejor opción, pero para aprovechar en lago el viaje pensaron que sería buena idea saquear Las Azores, volviendo a fracasar, pagando sus frustraciones en la entonces pequeña Vigo, a la cual saquearon y quemaron, pero donde se dejaron otros 500 muertos.

Para conocer mejor el desarrollo de estos hechos y de otras grandes victorias españolas por mar, recomiendo el libro de Agustín Ramón Rodríguez González, experto en el tema, Victorias por Mar de los Españoles.

En resumen, y pese a los pocos datos que del desastre militar inglés tenemos, podemos hacer la siguiente comparativa.

Armada Invencible Española: 15000-20000 muertos españoles y 6000-8000 ingleses. 800 heridos españoles y 400 ingleses. 400 prisioneros españoles. Los españoles perdieron unos 60 barcos, casi todos de carga y por el temporal.

Armada Invencible Inglesa: 13000 muertos ingleses y 900 españoles (muchos civiles). Los ingleses perdieron unos 30 barcos y casi 40 más desertaron junto a 5000 hombres.

Lo importante es una vez más señalar que las bajas inglesas fueron en su mayor parte en combate, igual que las de su barco, frente a los famosos “elementos” que derrotaron a los españoles un año antes.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...