sábado, 5 de enero de 2013

El de las Hazañas. Hernán Pérez del Pulgar, un héroe de la Reconquista


En nuestro último artículo, sobre la Guerra de Granada, reflejábamos la arriesgada aventura de un castellano que osó clavar en la mezquita de la capital nazarí un retrato de la Virgen. Ese hombre era Hernán Pérez del Pulgar, y por estas y muchas otras gestas recibió el sobrenombre del de las Hazañas y merece un artículo propio.
Inauguración en 2010 de la estatua dedicada al héroe en su
ciudad natal, Ciudad Real.
Corría el año 1451 cuando la castellana villa de Ciudad Real vio nacer a este gran hombre. Muy ligado desde siempre a la figura de Isabel la Católica, sus primeras acciones de combate se desarrollan contra Portugal y el bando que apoyaba la candidatura de Juana la Beltraneja al trono de Castilla. Pero fue durante la Guerra de Granada que su nombre se empezó a escribir en la historia. Desde el inicio de la contienda su bravura fue conocida y ya en 1481 recibe los títulos de Gentilhombre y Continuo de la Casa Real. Al año siguiente realiza una de sus primeras famosas hazañas, cuando estando sitiado en Alhama -una ciudad de gran valor estratégico por su situación en el corazón del reino nazarí-, consigue burlar la vigilancia del enemigo y llegar a Antequera para pedir refuerzos con los que levantar el asedio de los musulmanes. Gracias a esta acción, recibió en 1486 el título de Capitán General de Alhama. No transcurrió mucho tiempo para que volviese a asombrar a propios y extraños, cuando con apenas 80 hombres conquista el castillo del Salar, entre Loja y Granada. Una vez es envestido con un nuevo título, el de alcaide del Salar. En 1679, más de dos siglos después, el recuerdo de esta hazaña, hace la ciudad de Granada pida que se cree el Marquesado del Salar, que llegó a obtener la Grandeza de España en 1834.
El rey Fernando el Católico lo quiso a su lado para la toma de Vélez-Málaga. Por sus buenas dotes diplomáticas fue el encargado de negociar la rendición de Málaga. Tras esto tomo Baza y dio muerte en combate singular al general musulmán Aben-Zaid. Como consecuencia de esta victoria el rey le concede el título de caballero y le otorga un escudo nobiliario con un león que agarra una bandera con la leyenda Ave María, rodeado de un once castillos que simbolizan las 11 plazas tomadas a los musulmanes y el lema “Tal debe el hombre ser como quiere parecer”. Ejemplo de su determinación es cuando en 1490, cuando Boabdil asediaba Salobreña y los pozos de la ciudad ya no tenían agua, ante la oferta de rendición del rey nazarí, Pulgar, que dirigía la defensa, arroja por sus murallas el contenido de la última jarra de agua. Tras esto, lanzó un ataque y rompió el asedio con una gran victoria.
Cuadro de Pulgar en la Diputación
de Ciudad Real.
El siguiente episodio de su historia es el ya referido de la entrada en Granada. El objetivo inicial era prender fuego a la mezquita y fue al no poder hacerlo que clavo el famoso cartel con la imagen de la virgen y la siguiente leyenda “Sed testigos de la toma de posesión que realizó en nombre de los reyes y del compromiso que contraigo de venir a rescatar a la Virgen María a quien dejo prisionera entre los infieles”. En la huida sí que consiguió prender fuego a la Alcaicería y derrotar a un grupo mucho más numerosos de guardias granadinos. Los reyes lo otorgaron otro castillo para su escudo y el gran honor de ser enterrado en la futura catedral de Granada que se iba a construir sobre esa mezquita que el profanó.
Tras el final de la Reconquista fijo su residencia en Sevilla y se dedicó al oficio de historiador. Por orden del emperador Carlos V escribió una obra sobre las campañas del Gran Capitán en Nápoles titulada “Breve parte de las hazañas del excelente nombrado Gran Capitán”. Con 73 años no pudo negarse a volver a tomar las armas tras la llamada del emperador, para luchar contra los franceses en la frontera de los Pirineos. Murió con 80 años un 11 de agosto de 1531, siendo efectivamente enterrado en la catedral granadina, junto a los Reyes Católicos por los que tanto luchó y siendo el único que disfruta de tal privilegio sin ser de la familia real.

Muy recordado en su ciudad natal, tiene allí un instituto con su nombre. La principal referencia de su vida es la biografía que de él escribió Francisco Martínez de la Rosa en la novela histórica Hernán Pérez del Pulgar, el de las Hazañas. Otro hombre, que de haber nacido en un país menos desagradecido, tendría mil películas y libros dedicados a su figura.


miércoles, 2 de enero de 2013

2 de enero de 1492, se cierra la Reconquista.

Tal día como hoy de hace 521 años culminaba uno de los episodios más importantes de la historia de nuestra nación, la Reconquista. Casi 8 siglos de luchas por unificar España bajo una misma fe y gobierno, como con los reyes visigodos. En más de un artículo hemos afirmado que si no se terminó antes fue por las rentas que el rico reino nazarí de de Granada pagaba a la corona castellana. A esto se sumaba las luchas intestinas entre los reinos cristianos, las propias civiles que estos tenían en su interior, y –también es justo decir- que el reino nazarí estaba bien organizado militarmente y la orografía del terreno completaba sus buenas fortificaciones.
Fue una vez conseguida la unión dinástica de los dos reinos más importantes, Castilla y Aragón, unida a la voluntad de sus dos monarcas, Isabel y Fernando, que se decidió emprender la conquista del último bastión musulmán.
El momento era propicio, Granada estaba aislada del mundo africano desde la caída de los benimerines y el papado apoyaba a los reyes españoles en su idea de lograr por fin una España totalmente cristiana. Pese a todo, no fue una guerra fácil, once años tardaron los Reyes Católicos en tomar el reino nazarí. Desde 1481, en que una asfixiada tributariamente  Granada desencadenó la guerra al tomar Zahara.

La guerra de Granada es muy importante desde el punto de vista militar porque en ella se empieza a vislumbrar el cambio de la guerra medieval a la moderna. Pese a que los nobles con su caballería pesada siguen siendo importantes políticamente, en el plano marcial pierden peso ante la caballería ligera que imita las maneras musulmanas, los peones de la infantería y los ingenieros que allanan el camino a una incipiente artillería que bate los poderosos y estratégicos enclaves nazaríes. 
Poco a poco, y pese a algunos contratiempos, la ofensiva cristiana consigue sus objetivos. Caen ciudades como Ronda, Marbella, Málaga, etc. A mediados de 1490 solo la propia ciudad de Granada queda como núcleo importante para los nazaríes. Junto a las acciones militares, los cristianos han sabido sembrar la discordia entre los gobernantes nazaríes, que se enredan en luchas internas entre Muley Hacen y se hermano Al-Zagal contra el famoso Boabdil el Chico.
El cerco se va cerrando sobre la capital granadina y el rey Fernando, -que siempre dirigió la campaña, estando muchas veces en primera línea, llegando incluso a combatir cuerpo a cuerpo- consigue concentrar todas sus tropas cerca de la ciudad, estableciendo un campamento en Ojos de Huéscar. Mientras el marqués de Villena se dedica a arrasar las Alpujarras, dejando a la ciudad sin su principal fuente de suministros. Los cristianos se sitúan sobre el río Genil y se bloquea Granada por todos los flancos. Solo quedaba esperar que la ciudad se rindiera por hambre, pues estaba totalmente bloqueada. Los granadinos intentaron romper el cerco con múltiples incursiones, pero estas eran siempre rechazadas por los cristianos. Llegaron a provocarles abriendo las puertas de la ciudad y retándolos a duelos personales, pero el rey Fernando decidió evitar bajas inútiles y que el hambre hiciera su trabajo.
Cuadro de Francisco Pradilla. Rendición de Boabdil ante los Reyes Católicos
Un episodio importante fue cuando Hernán Pérez del Pulgar, junto a otros 15 valientes, se coló en la ciudad en una cabalgada y clavo en la puerta de la mezquita un retrato de la Virgen, sin que los musulmanes pudieran prenderles. Poco después, un señor nazarí, Tarif, llegó hasta el campamento cristiano con el retrato atado a la cola de su caballo y retando a Pulgar. Por esta vez, el rey Fernando permitió el duelo ante tamaño insulto y el bueno de Pulgar acabo con la vida de su oponente.  
La última incursión musulmana se produjo para tratar de aprovechar un gran incendio que hubo en el campamente cristianos, pero el rey Fernando, que predijo la acción, ya tenía sus tropas preparadas para rechazar el ataque, causando así graves pérdidas a los ya muy débiles nazaríes. Tras esto, de levanto el famoso campamente de Santa Fe, donde los Reyes Católicos recibieron a Cristóbal Colón.
La población de Granada estaba desesperada y Boabdil que sabía que tarde o temprano los cristianos entrarían en la ciudad, quiso salvar la vida de sus súbditos y desde noviembre estuvo pactando una rendición honrosa. Se negoció en secreto para evitar la rebelión de los islamistas más radicales, pero de forma oficial, el 2 de enero de 1492, Granada se rindió. Poco antes, tropas cristianas habían penetrado en la ciudad para proteger la vida de Boabdil. Será el 6 de enero, cuando los Reyes Católicos  entren en la ciudad y reciban la rendición formal de Boabdil, aquel que al marchar al exilio africano lloró como mujer lo que le acusaron de no defender como un hombre.

Por fin, la cruz sustituía a la media luna en la Alhambra y los pendones de Santiago y las otras órdenes militares y el estandarte real, ondeaban orgullosos allí donde se dice que la puesta de sol es la más bella del mundo. España había expulsado a su enemigo ancestral, la Reconquista había terminado.
Mapa de operaciones de la Guerra de Granada
 

 

domingo, 9 de diciembre de 2012

El Salado, el fin de la última invasión.

Tras la famosa batalla de las Navas de Tolosa, con la consecuente caída del poder almohade, los reinos cristianos se habían hecho amos y señores de la situación en la Península Ibérica. Los débiles reinos de Taifas fueron cayendo uno tras otro, especialmente bajo el reinado del rey santo Fernando III. Solo Granada  (que comprendía la actual provincia, más Almería, Málaga y el istmo de Gibraltar) resistía, aunque a costa de pagar grandes tributos a Castilla.
Cuadro del Siglo XVII sobre la batalla que se
encuentra en el Real Monasterio de Guadalupe
Mientras, en el norte de África, un nuevo poder controlaba la zona, los benimerines. Desde finales del siglo XIII intentaron pasar a la península y no dejaron de mandar ayuda a sus compañeros de fe granadinos. Famoso fue su intento de toma de Tarifa en 1294, rechazado por el empeño del gran Guzmán el Bueno. La gran ventaja de los benimerines era la superioridad de su flota, con la que lograron el control del estrecho. Gracias a esto, consiguieron arrebatar Algeciras a los cristianos en 1329, desde donde lanzaron una ofensiva que acabó con la toma de Gibraltar en 1333. En los años siguientes, trataron de reforzar estas bases para un nuevo intento de ocupar la península. Para evitar grandes desembarcos de tropas, fue fundamental el papel del Almirante castellano Alfonso Jofre Tenorio, que pese a su enorme inferioridad, se convirtió en una pesadilla para los intereses musulmanes. En 1325, con tan solo seis galeras, ocho naos y otras seis embarcaciones menores, logró derrotar a una gran flota enemiga. Pero, con tan pocas naves, sabía que tarde o temprano no podría evitar el desembarco enemigo. Fue por esto que en 1339 fue reforzado por una flota bajo el mando del Almirante aragonés Gilabert Cruilles. Sin embargo, este fue herido en una escaramuza y al retirarse, los benimerines, aprovechando esta situación y la noche se lanzaron al paso del estrecho con 140 naves de transporte y 70 galeras. Por prudencia, Jofre Tenorio no se arriesgó a salir contra esta expedición, lo que le valió las críticas de todos, incluido el propio rey. Dolido en el orgullo, Tenorio se lanzó a una operación suicida en la que perdió la vida y casi todas sus naves. Tras esto, no quedaba ningún freno al flujo de tropas hacia Algeciras. El rey de Granada, Yusuf I, se frotaba las manos. Gracias al apoyo del rey de los benimerines, Abu Hasan, iba a poder quitarse por fin de encima el dominio de Castilla. Por otro lado, el rey de esta, Alfonso XI, se veía en una situación cada vez más amenazante, por lo que no dudo en pedir ayuda al Papa y a su suegro, el rey de Portugal, Alfonso IV. El santo padre dio a la campaña calificación de cruzada, con lo que recibió ayudas económicas y de hombres, especialmente de Aragón y Portugal. Portugal, acudió con su rey al frente a la contienda, más una flota para equilibrar las fuerzas en el estrecho y 2000 caballeros.
Estatua de Alfonso XI en Algeciras para conmemorar
su gran victoria en el Salado.
En este momento la situación se encuentra así; mientras el rey castellano busca refuerzos, los reyes Yusuf y Abu Hasan han puesto sitio a la deseada Tarifa. Reunido Alfonso XI con su suegro, marchan raudos a la ciudad sitiada, situándose en la orilla occidental del río Salado, al oeste de Tarifa. En una hábil maniobra, Alfonso XI consigue introducir en Tarifa 1000 caballeros y 4000 infantes para refrescar las exhaustas fuerzas de la ciudad. Además una escuadra combinada de aragoneses y genoveses, bajo el mando de Pedro de Moncada, introduce también algunos marineros.
Las fuerzas musulmanas se dan cuenta de que están perdiendo el control de la situación y deciden plantear una batalla en campo abierto, pues sus fuerzas sumaban 80000 hombres, frente a los 20000 infantes y 10000 caballeros castellanos y sus pocos refuerzos de Portugal y Aragón. Era el 30 de Octubre de 1340.
Cada ejército pasa a ocupar una orilla del rio. Los castellanos, como es habitual, tienen su mejor arma, la caballería pesada al frente. Sin embargo, el control de los vados por los que se puede cruzar el rio, es de los infieles. El rey castellano no se decide a pasar, hasta que dos de sus caballeros, los hermanos Gonzalo y Garci Lasso Ruiz de la Vega, en un gran acto de valor, espolean sus monturas, contagian al resto y se lanzan al cruce de un puente. Tras el paso del rio, vuelven a formar la línea de caballería y se lanzan con todo contra la vanguardia musulmana, compuesta por una gran masa de infantería. Los peones musulmanes caen aplastados, la famosa caballería ligera benimerín que formaba detrás se lanza en su ayuda, pero es detenida por los infantes castellanos que ya han tenido tiempo de cruzar el río y por la reserva de caballería de Gonzalo de Aguilar. Nada pudo hacer en un espacio tan cerrado la caballería ligera musulmana, más acta para espacios abiertos. Algo parecido ocurrió en el flanco derecho, donde la caballería portuguesa derrotó a la nazarí. A los musulmanes les quedaba la baza de su retaguardia, formada por la mayoría de sus infantes, pero en este momento, los defensores de Tarifa realizan una salida de la ciudad y los encierran entre dos frentes, sufriendo grandes bajas. La victoria cristiana es total, toman el campamento y dejan más de 40000 muertos enemigos sobre el margen del Salado. A esto se suma un enorme botín que reventó los mercados de oro y plata de España y Francia.
Esta victoria fue sonada en toda la Europa cristiana, que se inflamó de una gran dosis de moral. Alfonso XI envió al Papa Benedicto XII a 24 presos con todas las banderas capturadas al enemigo, además de grandes riquezas tomadas al mismo. Un enemigo que ya nunca más osaría tratar de invadir esa tan codiciada Hispania, que ahora solo tenía un pequeño y aislado pedazo musulmán, que gracias a sus riquezas y a las guerras civiles cristianas, resistiría un siglo y medio más el imparable avance de la Reconquista.
Alfonso XI representado en el fragor de la batalla
 

 

domingo, 24 de junio de 2012

García Fernández, Conde de Castilla, único freno de Almanzor.

Imagen de García Fernández en Salamanca
Conocidos son los estragos que Almanzor hizo en la España cristiana de fines del primer milenio. Indiscutible es la gran fuerza militar de este gran caudillo sarraceno, pero lo que también es cierto que pocos se atrevieron a hacerle frente. Muy al contrario, fueron muchos los reyes, condes y grandes señores que se le sometieron a cambio de prebendas. Valga como ejemplo, que en la famosa destrucción de Santiago de Compostela del 997, hubo señores leoneses entre las tropas del líder árabe.
Pero a lo largo de su victoriosa carrera, Almanzor tuvo en Castilla a un rival digno, el Conde García Fernández, que pese a sufrir varias derrotas, nunca se doblegó al poder de aquel diablo que asolaba las tierras reconquistadas.
Cuando en 970 heredó el condado de Castilla de su padre, Fernán González, se encontraba en una fase de paz con el califa de Córdoba, que por aquel entonces era Al-Hakam. En 974 decide romper la paz y ataca las tierras musulmanas de Soria y Guadalajara, tras formar una coalición con los reyes de León y Pamplona y otras poderosas familias. El general eslavo Galib, el mejor de la época en Córdoba les frena en el intento de tomar la importante plaza de Gormaz.
Pasan los años, Almanzor se ha hecho con el poder absoluto en Córdoba y empieza a golpear con dureza la frontera y las tierras cristianas. García Fernández cree con razón que hay que contrarrestar estas acciones y aliviar la frontera volviendo a intentar tomar Gormaz. Pide audiencia a su señor, el rey de León Ramiro III, pero este está escaldado de los enfrentamientos contra el poderoso Almanzor, y se la niega. No se rinde nuestro conde, y pese a no contar con ningún apoyo se lanza a tomar la plaza con un fuerte ejército castellano. El cómo había conseguido reunir estas huestes en su condado se debe principalmente a la promulgación de los Fueros de Castrojeriz. En base a estos fueros, se equiparaba legalmente a los campesinos que dispusieran de un caballo y armamento para hacer la guerra –los llamados infanzones-, con la baja nobleza. De esta manera, García Fernández atrajo a un gran número de estos infanzones a sus tierras, pudiendo formar así una fuerza militar considerable.
Estamos en 978 cuando el conde de Castilla inicia su ofensiva sobre Gormaz, la cual toma rápidamente, consiguiendo un éxito que nadie esperaba. Pero no se detiene aquí García Fernández, sino que continúa su campaña y saquea Almazán y Barahona, además de Atienza. La llegada del frío le hace retornar a sus tierras castellanas, cargado de un gran botín.
Mientras Almanzor  entraba en una especie de guerra civil con su suegro, el general Galib. García Fernández se alía con el general eslavo, pero la gran fuerza militar organizada por Almanzor les derrota en San Vicente. Era el año 981, el mismo en que una nueva coalición, de Castilla, León y Navarra se enfrente en Rueda a Almanzor, que una vez más sale vencedor, siendo a raíz de esta batalla cuando toma su sobrenombre de al-mansur, el victorioso. Esta derrota supuso la rebelión de los nobles gallegos del Reino de León, que deponen a Ramiro III y sitúan en el trono a Bermudo II. Tanto estos nobles, como el rey se convertirán de manera humillante en vasallos de Almanzor. Pronto le seguirán el resto de coronas y condados; García Fernández se quedará como el único opositor al poder avasallador de Almanzor. Este no deja de asolar las tierras cristianas, en especial de aquellos que osan no someterse. Pero García, pese a tener que ir retrocediendo terreno, no deja de causar dificultades a Almanzor y de intentar unir a los poderes cristianos contra el enemigo musulmán.
El invencible Almanzor no da crédito a que un simple conde, vasallo de León, sea tan terco y obstinado. A esto se suma la rebelión de uno de sus hijos, Abd Allah, que busca refugio en los dominios del conde de Castilla. Mientras, en 989, Almanzor vuelve a toparse con las defensas de Gormaz, pero asola el resto de la comarca. García Fernández llega a un acuerdo con él, le devolverá a su hijo a cambio de la paz y de que no le haga ningún daño. Almanzor acepta, pero no respeta el pacto y decapita a su propio hijo.
La paciencia de Almanzor se está agotando y se dispone a emplear una de sus tácticas preferidas, la compra de voluntades. Es aproximadamente lo que se narra en el Romance de los Siete Infantes de Lara, según el cual, la familia Lara, una de las más poderosas de Castilla, traiciona a su conde. En la trama está involucrada hasta la propia esposa de García. No sabemos la verdad que puede existir en este romance, pero sin duda, algo de cierto hay. Más aún, cuando lo que sí está probado es que será Sancho García, el hijo del conde, el que se alíe con Almanzor en contra de su padre. El motivo fue seguramente ver como todos los señores de la época lograban grandes prebendas al someterse al musulmán, mientras que, por el contrario, su testarudo padre no dejaba de sufrir las penalidades de la guerra y perder territorios y riquezas en sus luchas contra Almanzor. A esta triste traición, se une la de los infanzones de Espeja, una población de la frontera. Entre 993 y 994 caen Gormaz, Clunia y Osma. Es un golpe muy duro para García Fernández. Pero una vez más, cual ave fénix, el conde se rehace. Reorganiza sus fuerzas y contraataca para pedir cuentas a los de Espeja y atacar Medinaceli, haciendo retroceder a las fuerzas musulmanas. Será en el eje entre Langa y Peñaranda donde se dispute la batalla final. Volviendo a la leyenda del romance, doña Ava, la mujer de García Fernández, estaba compinchada con Almanzor. Esta alimenta al caballo de su marido de salvado en vez de cebado, para que se mantuviera robusto, pero sin fuerzas. De esta manera, al poco de ser montado por el conde, el caballo desfalleció y el castellano fue derribado y cayó malherido. Ciertamente, en una batalla cerca de Alcozar, el conde castellano cae gravemente herido, sus fuerzas se dispersan y es tomado prisionero. Almanzor por fin ha capturado a su eterno enemigo. Ordena que sea llevado a Córdoba donde será encarcelado y ajusticiado, pero las heridas son muy graves y García Fernández muere poco después, privando a Almanzor de su venganza. En un gesto nada habitual para este demonio, sabe reconocer al único rival digno que tuvo y entrega el cuerpo a los cristianos de Córdoba para que le den sepultura.
Muerte García Fernández ya nadie queda para hacer frente a Almanzor, pero su ejemplo de lucha calará en la generación posterior. Los hijos de los señores sometidos –incluso Sancho García, que cambiará su actitud con los años-, se hartan de vivir bajo la humillación del yugo del musulmán. Uno a uno, cuando vayan llegando al poder, se rebelaran contra Almanzor, hasta la muerte de este, que marcará el inicio de una gran crisis en el califato y de la recuperación de los reinos cristianos, en la cual tuvo bastante que ver el espíritu combativo y rebelde del conde García Fernández, “el de las manos blancas”.

lunes, 11 de junio de 2012

Los Tigres de Buharrat.

Legionarios de la III Bandera con el famoso estandarte del tigre
Ya hemos contado en otras ocasiones, que en sus inicios, el recién creado Tercio de Extranjeros carecía de la confianza del alto mando. Sus primeros servicios se daban lejos de la vanguardia y los primeros legionarios tuvieron que aguantar burlas de los soldados de otras unidades, sobre todo, por su característico gorrillo. Poco duro esta situación, el desastre de Annual catapultó a la Legión a la fama, pero unos días antes, esta legendaria unidad ya empezó a demostrar de lo que estaba hecha y supo acallar las críticas y los comentarios burlones. Una de esas primeras jornadas de gloria, fue la protagonizada por la III Bandera en Buharrat, siendo conocidos sus hombres a partir de entonces como los Tigres de Buharrat.
Bajo el mando del Comandante Candeira, en Febrero de 1921 la III Bandera había llegado a Tetuán, para como el resto, ser revistada por el Alto Comisario, causando una gran impresión entre el público asistente. De allí partió a realizar servicios de seguridad y protección de caminos, hasta que en Mayo llegó a Xauen, con la misión de proteger la ciudad. En estos días, las vanguardias de las columnas que protegen el lugar traban un breve combate con el enemigo, siendo  recibidos estos primeros disparo con gran júbilo por parte de los legionarios, que no ven la hora de entrar en combate. Pero los días pasan y no acaba de llegar el esperado día de bautizarse en un gran combate. Se construyen blocaos y se asegura la zona, más parecen peones e ingenieros, que soldados de infantería. El día 24 de junio, las tres banderas vuelven a unirse en el Zoco el Arbaa. Sus relaciones con los Regulares son cordiales, pero tendrán que llegar a las manos con otros soldados que les cantan aquello de “¿Quiénes son esos soldados, con tan bonitos sombreros? Son el Tercio de legionarios que llena sacos terreros”
Tiene la esperanza de encontrar la acción en las futuras operaciones que se presentan sobre Beni Lait, con el objetivo de acabar con el segundo del Raisuni, el temible guerrillero Hamido es Sucan. Pero al partir el día 27 se les vuelve a encuadrar en el grueso de las columnas, la ansiada vanguardia sigue quedando lejos.
En la operación sobre Salah, por fin el Comandante Franco consigue un puesto en vanguardia para su I Bandera, pero con la condición de que no tenga ni una baja, algo prácticamente imposible en un terreno infestado de enemigos. Alcanzamos así el día 29 de junio, un día que pasará a la historia de la Legión. El Sucan lanza un poderoso ataque sobre las fuerzas de Franco. Sus hombres reaccionan bien, pero pagan con su sangre el éxito. Uno de los heridos será el famoso Capitán Arredondo, jefe de la 1ª Cía., que quedará un año de baja por varios disparos en las piernas. Ese mismo día, al norte de Kudia Taimutz, la columna en la que está encuadrada la III Bandera, debe de entrar también en combate. Hay en la zona una larga loma, de vital importancia para dominar la situación, es Buharrat. A su toma se lanzan las dos compañías de fusiles de la Bandera, la 7ª y 8ª, apoyadas por el fuego de la de ametralladoras, la 9ª. Una vez tomada la posición, desde la cual se ve la propia casa del Sucan. Es cuando la 9ª se va a incorporar a las posiciones en Buharrat que se envuelta por un violento contraataque de los harqueños. Los legionarios están rodeados y tienen al enemigo tan cerca que no se puede emplear el fuego de ametralladora. Los servidores deben de defenderse a tiro de pistola antes de llegar al cuerpo a cuerpo. Mientras los conductores hacen lo propio con sus mosquetones, todos ellos acompañados por el vigor de su capitán, Camilo Alonso Vega. El enemigo intenta apoderarse de las máquinas y llega a cogerlas por el cañón, teniendo que soltarlas por su elevada temperatura y acabando por ser rechazado.
La acción de Buharrat le cuesta a la III Bandera la muerte del teniente Torres Menéndez y la de once legionarios. Han quedado heridos el capitán de la 8ª, Ortiz de Zárate y 19 legionarios. Se lamentan los caídos, pero por fin han disfrutado de su bautismo de fuego y han callado las bocas de esos que los calificaban como simples cargadores de sacos terreros.
El jefe de la Legión, el mítico Millán Astray, dará a esta Bandera su nombre de los Tigres de Buharrat, y a partir de ahora este será su estandarte, un tigre rampante que recordará por siempre el valor y ferocidad de aquellos legionarios que empezaron a escribir la historia gloriosa de la Legión.
Cuadro del excelente pintor Clauzel que muestra al portaestandarte de la III Bandera a caballo

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