martes, 4 de enero de 2011

LA KRYPTEIA.

Tras varias meses de andadura de este blog, no podía faltar por más tiempo un artículo sobre la KRYPTEIA, CRIPTEIA o en griego antiguo κρυπτεία.
Dentro de la militarizada y brutal sociedad espartana, la Krypteia era quizás, uno de los rituales más violentos. De entre los jovenes de la agogé (la institución o sistema educativo donde los espartanos eran formados de los 7 a los 20 años), se escogía dentro de los que estaban próximos a finalizarla y convertirse en auténticos ciudadanos de Esparta, a los estudiantes guerreros más destacados. Ataviados solo de un puñal, desnudo y casi sin comidad se les abandonaba en el monte. Su misión sería la de conseguir alimentos sin ser descubiertos, y, sobre todo, al llegar la noche, acabar con la vida o dar un buen escarmiento a los ilotas más rebeldes. Estos ilotas eran los mesenios sometidos por Esparta para que se encargaran de la mayor parte de las tareas agrícolas y del hogar, mientras los espartiatas se dedicaban plenamente a la formación guerrera. Aparte estaban los periecos, que eran libres, pero no ciudadanos de Esparta, y que se encargaban de tareas artesanales. Los ilotas, como es normal, no llevaban muy bien su vida de esclavitud y a lo largo de los años protagonizaron varias revueltas. Para evitar estas, los espartanos se informaban de cuales eran sus principales cabecillas y alborotadores, y serían estos, los objetivos de la Krypteia. Una vez hubieran acabado con estos rebeldes, los jovenes de la Criptia (cuyo significado es "esconder", de ahí que se ocultaran en el monte), pasaban a ser espartiatas de pleno derecho.
En la película del comic de los 300, cuando Leonidad lucha contra el lobo es algo semejante. Al joven se le ha abandonado en el monte y ha de volver con el colmillo del lobo cazado, que en realidad sería volver habiendo acabado con la resistencia ilota.
El historiador Plutarco, cuando en sus Vidas Paralelas habla del legendario legislador lacedemonio Licurgo, define así a la Krypteia:
"Era de esta forma: los magistrados a cierto tiempo enviaban por diversas partes los jóvenes que les parecía tenían más juicio, los cuales llevaban sólo su espada, el alimento absolutamente preciso, y nada más. Éstos, esparcidos de día por lugares escondidos, se recataban y guardaban reposo; pero a la noche salían a los caminos, y a los que cogían de los Hilotas les daban muerte; y muchas veces, yéndose por los campos, acababan con los más robustos y poderosos de ellos."
LEONIDAS, REY DE ESPARTA
Bibliografía: http://es.globedia.com/

miércoles, 29 de diciembre de 2010

¡HEMOS SUPERADO LAS 1000 VISITAS!

Gracias a todos los que habeis visitado este blog y animaros a que lo sigais haciendo para llegar pronto a las 10000.

martes, 28 de diciembre de 2010

ELOY GONZALO, EL HÉROE DE CASCORRO.

En las guerras, al margen de las grandes hazañas que pasan a la historia, hay multitud de pequeñas acciones llenas de heroísmo que muchas veces caen en el olvido. Por suerte, no es el caso de nuestro protagonista, cuyo ejemplo demuestra además, que se puede enderezar una vida torcida por el destino y convertirse en leyenda.


Monumento a Eloy Gonzalo
Eloy Gonzalo fue abandonado en Madrid un 1 de diciembre de 1968 por su madre, Luisa García, una joven soltera que no se vio capaz de sacar adelante ese hijo de padre desconocido. Eso sí, dejó una nota con su nombre y pidiendo que llamaran al niño Eloy Gonzalo García, por lo que al menos sabemos que la joven si sabia quien la había dejado encinta. Pronto el niño fue recogido por un guardia civil y su esposa, por lo que pasará su infancia y juventud en los diferentes destinos de su padre adoptivo, siempre cerca de Madrid.

A los 21 años, en 1889, Eloy ingresa en el Regimiento de Dragones Lusitania nº 12, donde alcanza el rango de Cabo. Tres años después, pasa a formar parte del Cuerpo de Carabineros, estando destinado en Algeciras y Estepona, pero en 1895 por un delito de insubordinación es condenado a 12 años de prisión militar. Se complicaba mucho la vida de Eloy, pero ese mismo año, el estallido de los conflictos de Cuba y Filipinas, hizo que muchas penas se conmutaran a cambio de ir a luchar a estas zonas. No desaprovechó Eloy esta oportunidad que se le presentaba y se alista en el Regimiento de Infantería María Cristina nº 63, con destino en Puerto Príncipe (Cuba). La guerra estaba en su momento más difícil y el 22 de septiembre de 1896, 3000 insurrectos cubanos, cercan la pequeña población de Cascorro, cercana a Puerto Príncipe. Allí quedaron sitiados los españoles, volviéndose cada vez más preocupante su situación. Es aquí cuando Eloy entra en la historia. El día 26, al borde de la derrota total, los españoles entienden que la única posibilidad para salir de aquella ratonera es volar una casa donde están atrincherados la mayoría de los insurrectos que no paran de hacer fuego contra ellos. Eloy Gonzalo se ofrece voluntario para ir con una lata de petróleo a hacer estallar el edificio. Decidido la cogió, junto a su fusil y solo pidió que le ataran una cuerda a la cintura, pues siendo lo más probable que estallará con él dentro o que fuera descubierto, no quería que su cuerpo quedara en manos del enemigo. Gracias a la cuerda, sus compañeros, podrían tirar de su cuerpo para recuperarlo. Pero, contra todo pronóstico la acción fue un éxito. Pronto su acción fue conocida en toda España y el Madrid más castizo, que sabía que era uno de los suyos, lo escogió como estandarte.

Eloy siguió combatiendo en Cuba y obtuvo la prestigiosa Medalla al Merito Militar con distintivo rojo, con pensión de 7,5 pesetas incluida, pero nunca volvería vivo a España, pues una enfermedad le arrebató la vida el 18 de Junio de 1897 en el Hospital de Matanzas. Su cuerpo fue repatriado y sus restos descansan en el cementerio de la Almudena, junto a otros héroes anónimos de aquellas guerras coloniales. El pueblo de Madrid no olvidó a su héroe, y primero lo dedicó una calle y el ayuntamiento le erigió una estatua en el Rastro, en una plaza que a pesar de ser de Nicolás Salmerón, para los madrileños siempre fue la plaza de Cascorro, su héroe Eloy Gonzalo.
La plaza donde está la estatua de Eloy Gonzalo acabó llamándose de Cascorro.



Bibliografía: www.historiaymilicia.com

sábado, 18 de diciembre de 2010

AGUSTINA DE ARAGÓN.

Agustina de Aragón, cuyo nombre real era Agustina Raimunda María Saragossa Doménech, fue una heroína de la guerra de la Independencia contra los franceses. Aunque pasó por su lucha en el primer asedio de Zaragoza, lo cierto y menos sabido es que estuvo presente en muchos más campos de batalla.


Agustina con uniforme de Subteniente
y sus dos medallas.
No está muy claro su lugar de nacimiento, algunos historiadores afirman que fue en Reus, mientras que otros apuestan por Barcelona en 1786. Con tan solo 16 años se casa con otro catalán, un Cabo 2º de Artillería, del Primer Regimiento del Real Cuerpo de Artillería, con sede en Barcelona. Nace aquí la relación de Agustina con el ejército. Juan Roca, que así se llamaba su marido, ya participa en la famosa Batalla del Bruch. Cuando este es ascendido a Sargento 2º, se trasladan a Zaragoza, poco antes del inicio del primer asedio francés. Zaragoza era una ciudad clave en la red de comunicaciones de esa parte de España y pronto se convirtió en objetivo de los invasores. La defensa de Zaragoza queda en manos del General Palafox, que tras los fracasos en campo abierto decide encerrarse en la ciudad, la cual contaba con 50000 habitantes, muchos para la época, pues Madrid apenas la triplicaba en número. A mediados de Junio los franceses, comandados por Lebfevre comienzan con sus bombardeos y ataques. Su planeamiento se basaba en debilitar la ciudad con su artillería para luego tomarla al asalto, centrándose en 3 de las puertas de la ciudad, la del Carmen, la de Santa Engracia y la del Portillo. Será en esta última donde Agustina pase a la historia. Ya en los primeros momentos ayuda, junto a muchas otras mujeres, a los hombres que defienden la puerta, llevándoles constantemente agua, alimentos y munición. Pero, será el 2 de julio, cuando los franceses iban a penetrar por una brecha que habían conseguido abrir en la defensa, que Agustina se hizo leyenda. Los encargados de manejar las piezas de artillería allí apostadas habían muerto casi todos y los pocos que quedaban vivos estaban muy mal heridos. La entrada del enemigo era inminente, pero allí apareció Agustina, que junto a las demás mujeres insuflaron ánimo a los artilleros y les siguieron llevando más municiones. Pese a todos sus esfuerzos, los españoles no dejaban de caer y justo cuando los franceses se disponían a pasar Agustina se hizo con el botafuego de una pieza que había quedado sin servidores y disparo a bocajarro a los invasores. Esto dio nuevos ánimos a los supervivientes que sacaron fuerzas de donde no había y consiguieron hacer retroceder al enemigo. La misma Agustina relata los hechos en tercera persona en un memorial que escribió al año siguiente al rey Fernando VII: "... atacada con la mayor furia, pónese entre los Artilleros, los socorre, los ayuda y dice: ¡Animo Artilleros, que aquí hay mugeres cuando no podáis más!. No había pasado mucho rato quando cae de un balazo en el pecho el Cabo que mandaba a falta de otro Xefe, el qual se retiró por Muerto; y caen también de una granada, y abrasados de los cartuchos que voló casi todos los Artilleros, quedando por esta desgracia inutilizada la batería y espuesta a ser asaltada: con efecto, ya se acercaba una columna enemiga quando tomando la Exponente un botafuego pasa por entre muertos y heridos, descarga un cañón de a 24 con bala y metralla, aprovechada de tal suerte, que levantándose los pocos Artilleros de la sorpresa en que yacían a la vista de tan repentino azar, sostiene con ellos el fuego hasta que llega un refuerzo de otra batería, y obligan al enemigo a una vergonzosa y precipitada retirada. En este día de gloria mediante el parte del Comandante de la batería el Coronel que era de Granaderos de Palafox, la condecora el General con el título de Artillera y sueldo de seis reales diarios...".

Así era, Agustina había conseguido salvar la ciudad por el momento y enterado el General Palafox, la hace llamar y la nombra Subteniente de Artillería y le concede dos medallas, la de DEFENSORA DE ZARAGOZA y la de RECOMPENSA AL VALOR Y PATRIOTISMO. En su parte sobre la acción de aquel día, el líder de la resistencia maña escribió de ella: "... enlazada con conesiones con un Sargento de Artillería, con quien estaba concertado su matrimonio; servía éste bizarramente aquel cañón de a 24, y a la sazón una bala enemiga lo acierta y lo tiende en el suelo; llegaba la Agustina a traerle el refresco y no se le permitió la entrada, contentándose en contemplar a su amante desde la gola de la batería, verle caer y presentarse ella en el mismo sitio fue obra de un momento, arranca del cadáver el botafuego que tenía aún en la mano, llena de heroico entusiasmo dice: AQUÍ ESTOY YO PARA VENGARTE, agita el botafuego y lo aplica al cañón declarando que no se separaría del lado de su amado hasta perder ella también la vida..."

Tras la derrota en Bailén los franceses abandonan el sitio. Por desgracia, Napoleón no cejó en su empeño de ocupar España y tras reorganizar sus fuerzas volvió a la carga con más fuerza. Así, a finales de ese 1809, los franceses vuelven a sitiar la ciudad. De nuevo Agustina participará en su defensa, pero cae enferma de peste. Estaba en esta condición cuando los franceses consiguieron entrar en la ciudad. Así lo narró ella: "... La llevaron con otros muchos a Casablanca. Estiéndese la voz entre los Comandantes franceses que la Artillera Zaragoza estaba prisionera y se le presentan dos, cuya maldita lengua no entendió, y se dexa comprender por la caridad que después dispensaron. Esta no fue otra que hacerla andar, sin consideración a su enfermedad, con todos los demás Prisioneros y su hijo, hasta que apiadado uno de éstos, el Ayudante de Artillería Dn. Pedro de Bustamante, le cedió uno de los dos machos que llevaba, donde fue con su criatura hasta que en Caparroso le robaron el macho, ropa y dinero que llevaba... Llegada a Olvega perdió a su hijo a la fuerza del contagio, fatiga del camino y falta de recursos para asistencia."

Pese a todas las desgracias y penurias, la leyenda de Agustina ya era famosa en toda Europa. Una Europa que miraba expectante como unos españoles muy poco organizados conseguían poner en jaque a las tropas napoleónicas, invencibles en el resto de campo de batallas. Se había hecho tan famosa que empezó a ser homenajeada y reclamada por los generales más famosos de la época. Fernando VII la nombre Alférez de Infantería. Pero ella lo que quería era estar con su marido, que ya era Subteniente de Artillería y seguir luchando. Se reúne con él en Tarragona y participa en la defensa de Tortosa. Tras caer la ciudad estuvo en la guerrilla de Chaleco actuando en la Mancha y parece ser que también intervino en la batalla final de Vitoria, donde los últimos franceses fueron expulsados de España ya en 1814.

Tras la expulsión de los franceses, sigue con su marido y tiene un segundo hijo. Lo acompaña a todos sus destinos. Él ya es Teniente, pero enferma de tisis y muere. Es viuda con 37 años. Pronto Agustina se volvió a casar, esta vez con un medico alicantino. Esto lo consiguió por el privilegio de ser Subteniente vivo, lo que le daba derecho a segundas nupcias.

Vivió una larga época en Sevilla, para acabar trasladándose a Ceuta, donde estaba agregada al Regimiento de la ciudad y cobraba una pensión como Subteniente. Es en esta ciudad tan española donde muere en 1857. Allí es enterrada en un panteón que contaba con la siguiente inscripción:

"A la memoria de doña AGUSTINA ZARAGOZA

Aquí yacen los restos de la ilustre Heroína, cuyos hechos de valor y virtud en la Guerra de la Independencia llenaron al mundo de admiración. Su vida, tipo de moral cristiana, terminó en Ceuta en 29 de mayo de 1857 a los setenta y un años de edad: su esposo Don Juan Cobos, su hija doña Carlota e hijo político don Francisco Atienza, dedican este recuerdo a los restos queridos."

Tras ser derribado este panteón, sus restos se trasladan a Zaragoza. Será el 14 de junio de 1870 cuando llegan a la ciudad que la volverá a acoger. En un principio sus restos quedaron depositados en la Catedral del Pilar; para acabar teniendo su definitivo descanso fue la capilla de la Asunción de la Virgen, en la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Portillo, donde había protagonizado su gran gesta. No estará sola en su tumba, sino acompañada de otras dos heroínas de la resistencia de la ciudad, Manuela Sancho y Casta Álvarez. Fue en 1909 y el Rey Alfonso XIII les dedicó la siguiente lápida:

"Aquí yacen los restos mortales de AGUSTINA ZARAGOZA, CASTA ALVAREZ y MANUELA SANCHO. Descansen en paz las heroínas defensoras de Zaragoza. Este monumento les consagra y dedica la Junta del centenario de los Sitios 1808 y 1809."

sábado, 11 de diciembre de 2010

SATURNINO MARTÍN CEREZO Y LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS.

Hace ya unos años del centenario del llamado “desastre del 98”, cuando España perdió sus últimos territorios allende de mar, los últimos vestigios de aquel imperio solar del Siglo de Oro. El trágico y desdichado final de los acontecimientos acaecidos en 1898 no debe hacernos olvidar que pese a las derrotas, el orgullo y honor de España y de nuestro ejército quedó muy alto. No solo no quedó mancillado nuestro buen nombre, sino que se le honró y se escribieron páginas de gloria con letras de oro. Uno de los mayores ejemplos es, como no podía ser de otra forma, la historia de Los últimos de Filipinas y en especial del hombre que lideró su resistencia, el teniente de infantería Don Saturnino Martín Cerezo.

Las Islas Filipinas pertenecían a España desde 1565, cuando el rey Felipe II, que da nombre a las islas, encargó su conquista a Andrés de Urdaneta y Miguel López de Legazpi. Hubo alguna que otra revuelta que sofocar a lo largo de los casi cuatro siglos de posesión española, pero es a finales del siglo XIX cuando se organiza un verdadero movimiento de segregación, cuyo máximo exponente era el grupo Katipunan, liderado por Emilio Aguinaldo. En 1897, Aguinaldo y el general Primo de Rivera firman una paz que parece estabilizar el territorio. El distrito del Príncipe, cuya capital es Baler, había sido siempre una zona tranquila, pero en los últimos enfrentamientos los españoles habían sufrido serias bajas en la zona. Pese a todo, no se refuerza convenientemente la posición después de la paz y tan solo se envían 50 hombres del 2º Batallón de Cazadores al mando del teniente Juan Alonso Zayas. Junto a él hay otros tres oficiales, el capitán y gobernador político-militar del distrito, Enrique de las Moreras y Fossi, el teniente médico Rogelio Vigil de Quiñones y el que será el gran protagonista, el teniente Martín Cerezo. Junto a ellos habrá 4 cabos, 1 corneta, 45 soldados y 3 sanitarios, dos de ellos filipinos, los cuales fueron los primeros en desertar.
Martín Cerezo

Tras estallar la guerra con Estados Unidos, los filipinos se vuelven a rebelar. En un principio los americanos les demostraron un apoyo que luego se vería falso, pero que ahora les valdría para debilitar a los españoles en esa zona. Centrándonos en Baler, el asedio se puede dar por iniciado el 30 de junio de 1898, cuando los españoles rechazan un ataque de los independentistas filipinos, en el cual resulta herido el cabo de la guardia civil Jesús García Quijano. Los mandos españoles se percatan que están aislados en Baler, la capital, Manila se encuentra muy lejos para poder recibir refuerzos, por lo que para asegurar su posición deciden encerrarse en la iglesia de Baler, la cual cuenta con unos muros muy gruesos y que durante 337 días se convertirá en su fortaleza inexpugnable. Nada más empezar a organizar la posición, el teniente Martín Cerezo, entonces tercero al mando de la guarnición, empieza a demostrar sus dotes de líder. Muestra una gran prudencia a la hora de acumular víveres, incluso trae 4 caballos a la iglesia pues si les pueden servir de carne en un futuro, pero ante la negativa de los otros mandos, los ha de liberar. Pese a todo se sigue mostrando competente en sus acciones, y piensa que sería bueno excavar en busca de un pozo de agua. Un maestro del pueblo le dice que muchas veces se ha intentado esto y nunca se ha conseguido. Esta afirmación no doblega la iniciativa del teniente Martín y se sigue con la excavación, la cual tras llegar a los cuatro metros de profundidad dará sus frutos, algo que fue de vital importancia para soportar el asedio. También se construirá un pequeño huerto y se almacenará todo el alimento posible, aunque la falta de sal para conservarlo, hará que se pudra con el tiempo.

Los días van pasando y llegan las primeras deserciones. Mientras tanto, en el exterior, el desarrollo de acontecimientos no para. España es derrotada en sendas batallas navales por Estados Unidos y acaba por firmar el 10 de diciembre la Paz de Paris, por la que España vende a su contendiente Filipinas, la isla de Guam y Puerto Rico por 20 millones de dólares. Ignorantes de todo esto, los bravos españoles continúan su numantina resistencia tras los muros de la Iglesia. La falta de vitamina B será la causa de la propagación de la enfermedad del beriberi, que junto a la disentería hará estragos en la guarnición. Mientras que solo hubo dos muertos por herida de bala, serán 16 los que fallezcan por enfermedad, entre ellos el capitán de las Morenas y el teniente Zayas, quedando en noviembre ya como jefe único el teniente Martín Cerezo. Cabe destacar que durante el asedio, los independentistas no pararon de enviar misivas pidiendo la rendición de la posición. A la última a la que respondió el capitán de las Morenas, era este el que les instaba a los filipinos a rendirse, prometiéndoles que serían tratados de forma benévola. Los filipinos no podían creer la tenacidad de los españoles e hicieron todo lo posible para que desistieran de su actitud. Les enviaron dos curas para convencerles, pero se acabaron quedando con los sitiados. Del mismo modo, no dejaron de utilizar todo tipo de tretas, como poner mujeres semidesnudas frente a los españoles haciéndoles proposiciones sexuales. Todo este tipo de argucias fue lo que hizo que el teniente Martín Cerezo nunca creyera que España había abandonado aquellas tierras y mantuviera la constancia en la defensa. Tras la primera fase de la epidemia de beriberi al teniente solo le quedaban 35 soldados, un trompeta y 3 cabos, y ninguno estaba completamente sano. La toma del mando por parte del teniente Martín Cerezo se hizo notar en la moral. Todas las tardes, para mantener el entusiasmo en sus tropas y dejar claro al enemigo que nunca se rendiría, cogía al personal que estaba franco de servicio y organizaba pequeñas fiestas. Y, como buenos infantes, no desaprovecharon el día de la Inmaculada para celebrarla pese a lo delicado de su situación. Ese día hubo menú especial con moraga de sardinas, café y torrijas de postre. La situación se complico cuando el teniente médico Vigil estaba a punto de morir. Era necesario obtener fruta para curar su enfermedad. El teniente Martín Cerezo organizó una salida comandad por el cabo José Olivares Conejero junto a 14 hombres. La acción fue en éxito, pues además de conseguir fruta fresca, se incendiaron las casas desde donde más fuego hacían los indígenas, los cuales huyeron, y se perfeccionó la zona de la defensa, además de que se pudieron abrir las puertas de la iglesia para su ventilación. En Nochebuena, una nueva fiesta y menú especial, pollo asado y fruta, calabaza asada y café, todo ello amenizado con villancicos y música gracias a los instrumentos que había en la iglesia.
La iglesia donde se refugiaron los españoles

Los filipinos empezaron a enviar a mediadores españoles para que convencieran a los sitiados de que la guerra había terminado. El teniente Martín Cerezo contestaba en nombre del capitán de las Morenas, pues había ocultado su muerte al enemigo. Incluso cuando vino un capitán español con una orden de rendición firmada por el gobernador, el teniente Martín Cerezo no la creyó, pues le pareció sospechoso que este se le presentara de paisano y decidió acogerse al artículo 748 de las Ordenanzas Militares en el que se recordaba que, en situación de guerra, incluso la ejecución de las órdenes escritas de rendir una plaza provenientes de un superior debían ser suspendidas hasta que se comprobase fehacientemente su autenticidad, enviando, si era posible, una persona de confianza que las verificara.

En febrero se descubre el intento de deserción de dos soldados y un cabo, que resultan arrestados, y a los que se acabó por fusilar poco antes del final del asedio, cuando se pensó en una huída desesperada en la que estos elementos podrían haber sido un peligro. Ya en abril, los americanos, ahora en paz con España y en guerra con los independentistas envían un buque para rescatar a los sitiados, el USS Yorktown, pero son sorprendidos en el desembarco y mueren un teniente y 15 marines. Estamos ya en mayo de 1899 y llega a parlamentar con los asediados alguien que se identifica como el Teniente Coronel Aguilar Castañeda, y que viene en nombre del General Ríos. El teniente Martín Cerezo duda de la veracidad de este hombre y es famoso el dialogo entre ambos, el cual dice:

"¡Pero hombre! ¿qué tengo que hacer para que Vd. me crea, espera que venga el General Ríos en persona?" A ello le contestó el teniente Martín Cerezo: "Si viniera, entonces sí que obedecería las órdenes". Pese a rechazarle, aceptó unos puestos periódicos que decía traer de España.

Es junio y la situación dentro de la iglesia es desesperada. Haciendo una vez más gala de una gran responsabilidad, el teniente Martín Cerezo decide organizar una salida nocturna hacia la costa para encontrar un buque que les lleve hasta Manila. A causa del tiempo, tuvo que retrasar la acción y en ese intervalo leyó aquellos periódicos que le había dejado el Teniente Coronel Aguilar Castañeda. Cuál fue su sorpresa cuando leyó la noticia de que su amigo y compañero el teniente Francisco Díaz Navarro pasaba destinado a Málaga a petición propia. Esta noticia se la había contado en secreto el propio Díaz Navarro hacía tiempo. Según se expresaría el mismo Martín Cerezo, "Aquella noticia fue como un rayo de luz que lo iluminara de súbito". Decidió entonces reunir a sus hombre y les relató cuál era realmente la situación y les propuso una retirada honrosa, sin pérdida de la dignidad y del honor depositado en ellos por España. Sus hombres confiaron una vez más en su líder y este pacto las condiciones con el Teniente Coronel filipino Simón Tersón. Lo que pedía el español era lo siguiente:

"En Baler a 2 de junio de 1899, reunidos jefes y oficiales españoles y filipinos, transigieron en las siguientes condiciones: Primera: Desde esta fecha quedan suspendidas las hostilidades por ambas partes. Segunda: los sitiados deponen las armas, haciendo entrega de ellas al jefe de la columna sitiadora, como también de los equipos de guerra y demás efectos del gobierno español; Tercera: La fuerza sitiada no queda como prisionera de guerra, siendo acompañada por las fuerzas republicanas a donde se encuentren fuerzas españoles o lugar seguro para poderse incorporar a ellas; Cuarta: Respetar los intereses particulares sin causar ofensa a personas".

Así acababan 337 días de duro asedio. Los filipinos, hasta entonces enemigo, presentaron armas mientras salían con la bandera española ondeando al viento y desfilando los bravos soldados españoles. Antes de volver a España fueron recibidos por el propio presidente filipino Emilio Aguinaldo que los honró por su valentía y publicó el siguiente Decreto:

"Habiéndose hecho acreedora a la admiración del mundo de las fuerzas españolas que guarnecían el destacamento de Baler, por el valor, la constancia y heroísmo con que aquel puñado de hombres aislados y sin esperanza de auxilio alguno, han defendido su bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia del legendario valor de los hijos del Cid y de Pelayo; rindiendo culto a las virtudes militares e interpretando los sentimientos del ejército de esta República, que bizarramente les ha combatido; a propuesta de mi secretario de Guerra, y de acuerdo con mi Consejo de Gobierno, vengo en disponer lo siguiente: Los individuos de que se componen las expresadas fuerzas no serán considerados como prisioneros, sino por el contrario, como amigos; y en su consecuencia, se les proveerá, por la Capitanía General, de los pases necesarios para que puedan regresar a su país".

El 29 de julio de 1899 llegaban a España Los últimos de Filipinas, que eran 1 Teniente de Infantería, 1 Teniente Médico, 2 Cabos, 1 Corneta y 28 Soldados.

El teniente Martín Cerezo hubo de dar cuenta a sus mandos sobre su actuación y de porque no obedeció a las ordenes de que abandonará su posición. Se defendió con un argumento de peso, que no podía creer que el ejército español se hubiera rendido. Finalmente, un tiempo después el rey Alfonso XIII le concedió la más alta distinción militar, la Cruz Laureada de San Fernando. Martín Cerezo acabaría llegando a general. En 1904 escribió sus memorias sobre el sitio de Baler, en la obra titulada El Sitio de Baler, notas y recuerdos.
Los Héroes de Baler
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