La historia está llena de héroes olvidados, de valientes anónimos. Todas las grandes naciones tienen monumentos al soldado desconocido, como forma de honrar la memoria de estos hombres. Pero, hay ocasiones en las cuales aunque se recuerda el nombre de los guerreros y se les dedican nombre de calles o plazas, prácticamente nadie sabe que hicieron y porque hechos debieran ser recordados.
Hoy, como homenaje a nuestra “segunda casa”, y con una especial dedicatoria a mis compañeros de la Krypteia, rescatamos la memoria del Sargento José Palomares Garrido.
Comentábamos en un anterior artículo sobre el asedio al Alcázar de Toledo, que por haberse iniciado en verano, pocos eran los cadetes que allí permanecían y que muchos de los militares eran tropa destinada en la Academia de Infantería. Pues bien, uno de esos hombres era el Soldado José Palomares, que se destacó como un bravo infante en la defensa del bastión toledano. Las referencias que tenemos de él son gracias a El Alcázar, el modesto periódico que los defensores se dedicaron a publicar para narrar los principales acontecimientos y mantener alta el espíritu y la moral. La primera vez que se cita al Soldado Palomares es en el artículo 2º de la Orden de la Comandancia militar del 1 de Septiembre, cuando se dice que …”estando de puesto en Pabellones en la ventana batida por el cañón del 7,5 procuró con el fuego de su mosquetón impedir que disparasen el cañón; pero el enemigo, al no poder cargar y disparar, lanzó botes de humo para quitarle visibilidad, a pesar de lo cual siguió en su puesto haciendo fuego y recibiéndolo de fusil, aun después de haber disparado el cañón enemigo, cuyo proyectil entró por la ventana, llevándose por delante al individuo citado en unión del parapeto de sacos que le protegía, resultando ileso aun habiendo hecho explosión el citado proyectil de metralla.”
La crudeza del asedio no daba cuartel, lo que motivaba que las acciones heroicas fueran constantes entre los valientes, de modo que no tardó Palomares en volver a destacarse, y tras colaborar en acabar con un incendio el 4 de Septiembre, el día 5 es ascendido a Cabo por meritos de guerra, tal y como se recoge en la Orden de ese día en el artículo 1º. “El soldado de la Sección de Tropa de la Academia José Palomares Garrido queda promovido al empleo de cabo por méritos de guerra, por su distinguido comportamiento en el día de ayer con motivo del incendio del edificio de Pabellones, dando muestras de gran serenidad, valor y espíritu ejemplar, demostrados también el día en el que fue mencionado en la orden de esta Comandancia como “muy distinguido”. Así mismo el nº 43 del diario se da fe del acto en que fue ascendido : “Dieron la nota emotiva la realización de los actos de imponer los galones de cabos a favor del soldado de la Sección de Tropa José Palomares Garrido, y al guardia civil de primera Antonio Ponce Sabater; el primero tuvo lugar en la indicada Sección de Tropa y estuvo presidido por el teniente coronel Tuero, y el segundo en el patio de nuestro glorioso Alcázar, presidiéndolo el teniente coronel de la Guardia civil, jefe de esta Comandancia, señor Romero Basart. En los dos el entusiasmo culminó a extremos que produjeron honda emoción, notándose lágrimas en muchos semblantes y un entusiasmo patriótico, nuncio de las mejores esperanzas, con respecto al porvenir de nuestra causa. Los citados Tenientes coroneles dirigieron la palabra a sus fuerzas en tonos de sobria elocuencia militar.”
A finales de ese mismo mes fue liberado el Alcázar y es más difícil seguir la pista del ahora Cabo Palomares. Lo cierto es que siguió combatiendo, se enroló en la Legión, alcanzando pronto el empleo de Sargento en la VIII Bandera, encontrando la muerte en 1937 durante la Batalla del Jarama. Hoy su nombre es recordado en Toledo, pero sin saber por qué motivo, sirvan estas líneas para ello y para honrar su espíritu.
jueves, 30 de junio de 2011
sábado, 25 de junio de 2011
Leovigildo, el gran rey visigodo.
| El Rey Leovigildo |
Hermano del anterior rey visigodo, Liuva I, fue asociado al trono por este apenas un año después de ser proclamado rey. La razón fue la difícil situación que atravesaban las posesiones visigodos en la Septimania, el territorio que poseían más allá de los Pirineos y que fue invadido por los francos. Para controlar la situación, el propio rey Liuva I se trasladó a esta zona, dejando la península ibérica bajo el control de su hermano en 568. No perdió el tiempo Leovigildo y empezó pronto a trabajar en la recuperación del reino visigodo que se encontraba en una época difícil. A la invasión de la parte levantina de Hispania por parte de los bizantinos –que habían creado la provincia de Spania, en el contexto de la Recuperatio Imperii del emperador Justiniano-, se sumaban las continuas revueltas en el norte de astures, cántabros y vascones, amén de los problemas en la Septimania. Por si esto fuera poco, la situación económica del reino era lamentable. Fue en esta última parte en la que primero se puso manos a la obra Leovigildo. Como los nobles hispanorromanos se mostraban aun reacios y apenas colaboraban con el estado godo, Leovigildo para escarmentarlos ejecutó a varios y les expropio las tierras, obteniendo grandes beneficios y metiendo en vereda a esta nobleza subversiva, matando así dos pájaros de un tiro.
Pero, no se podía tener un reino fuerte y unido, si dentro de la península existía un reino independiente como el de los suevos en el noroeste, los belicosos pueblos del norte, y sobre todo a una potencia extranjera como era Bizancio. Así, en el 570 inicia una campaña militar para expulsar a los herederos de Roma de tierra hispana. Suma éxito tras éxito y toma importantes ciudades como Guadix, Baza, Antequera, Medina Sidonia y Málaga, que era el puerto más importante con que contaban los bizantinos en la península. Aunque, quizás, su victoria más importante fue sobre la rebelde Córdoba, una orgullosa ciudad hispanorromana que los visigodos nunca habían acabado de controlar y que ahora será sometida por Leovigildo. De esta manera, los bizantinos quedaban arrinconados a una franja costera desde Denia hasta Cádiz y obtenía el control del rico valle del Guadalquivir, reforzándose mucho su economía. Durante la conquista de Córdoba le sorprendió la muerte de su hermano el rey Liuva I en 572, por lo que Leovigildo pasaba a ser el único rey de los visigodos. Es posible, que este hecho y el tener que ocuparse de todo el reino frenara sus ataques contra los bizantinos, sobreviviendo estos unos años más en territorio hispano.
La monarquía goda no era hereditaria, sino electiva. Los nobles godos se reunían y elegían como rey al que creían más capaz y poderoso. Esto se llamaba el morbo gótico y era un estimulo para constantes regicidios. Está claro que esto no aportaba ninguna estabilidad y Leovigildo para acabar con esta costumbre asocio rápidamente a la corona a sus dos hijos, Hermenegildo y Recaredo, que además, igual que él había hecho con su hermano Liuva, le ayudarían en el gobierno del reino. En esta línea de legitimar su poder fue el primer rey godo en usar vestimentas a la manera bizantina y usar un trono para las asambleas con los nobles godos. También es el primer rey en acuñar moneda con su efigie, los tremises de oro. Además, comprendió que el reino no podía seguir dividido en dos castas diferenciadas, los godos y los hispanorromanos, por lo que deroga la prohibición de los matrimonios mixtos; y lo que es más importante crea un código de leyes comunes, ampliación y corrección del de Eurico, el Codex Revisus en 573. Con la medida de permitir la mezcla con los hispanorromanos, Leovigildo pretendía acabar con las múltiples revueltas de estos. Junto a las medidas legales, en 574 se lanza a una campaña de pacificación de la meseta y el norte. Vence a tribus celtiberas como los rucones y los sappo y en 574 conquista Amaya, la capital de los cántabros.
| La Hispania que dejó Leovigildo |
Parece claro que Leovigildo era ante todo un hombre práctico. Muestra de ello es que en el contexto de estas guerras, aprovecha que los suevos también atacaron a los cántabros para obtener más territorio, y ante esto Leovigildo les declara la guerra. Los empuja al norte del Duero y conquista toda la región de Orospeda, teniendo el rey suevo, Miro, que pactar una dura paz, por la cual su pueblo tendría que pagar grandes tributos al rey godo. Llegamos al 578, único año de paz en el reinado del gran rey. Lo aprovecha para fundar Recopolis, la primera ciudad de fundación goda original en Hispania. Ubicada en Zorita de los Canes, provincia de Guadalajara, le puso el nombre en honor de su hijo Recaredo. Se convirtió en una ciudad muy importante, pues controlaba la Celtiberia y un gran nudo de comunicaciones.
Llega el 579, un año complicado para el rey. En lo único que fracasó Leovigildo fue en la unificación religiosa, pues quiso convertir a toda Hispania al arrianismo, cuando tanto hispanorromanos, como suevos y cada vez más godos, estaban abrazando el catolicismo. Uno de estos godos que se acercaba a la religión de Roma era su propio hijo Hermenegildo, especialmente tras casarlo con la princesa merovingia Ingunda. La chica era una devota católica y pronto choco con la esposa de Leovigildo, que paradójicamente era su abuela, Gosuinda, que también era viuda del rey Atanagildo. Parece que la abuela no tenía en mucha estima a su católica y que incluso llegó a maltratarla. Para evitar más enfrentamientos, Leovigildo decide poner tierra de por medio y envía a su hijo a Sevilla como gobernador de la provincia de la Bética. Pero, una vez allí, Ingunda, ayudada por el obispo San Leandro, hermano mayor del célebre San Isidoro, acaba por convertir a su esposo. Se bautiza con el nombre de Juan y se proclama rey independiente de la Bética, cuyos nobles enseguida le apoyaron pues no estaban nada conformes de estar sometidos al poder central de Toledo. En 580 Leovigildo convoca y preside un concilio arriano para intentar llegar a una solución religiosa, pero lejos de suavizarse las posturas, el resultado es que se intensifica la persecución de los católicos, llegando a martirizar a algunos de sus más famosos obispos. Al año siguiente, Leovigildo se dirige al norte para aplastar una rebelón de los vascones y tras someterlos funda la ciudad de Victoriaco, actual Vitoria, para tenerlos controlados. Llega el 582 y decide ir contra su rebelde hijo, que en todo este tiempo había permanecido quieto en sus dominios, sin intentar ningún tipo de invasión a territorio toledano. Sitia la ciudad y así permanecerá durante dos años, en los cuales la población sufrió duras penalidades. Hermenegildo, que se veía muy inferior militarmente, pactó con los enemigos de su padre, los bizantinos y los suevos, que al ser católicos se unieron rápidamente a la causa. Dice la tradición que para rendir Sevilla, Leovigildo desmanteló las ruinas de la ciudad romana de Itálica y las arrojó al río Betis (Guadalquivir) junto a gran cantidad de tierra, para de esta forma desviar el río fuera de las murallas de la ciudad, consiguiendo que la sed reinara en ella, a la vez que al servir las aguas de foso, la zona de las murallas rodeadas por el río, que era la parte más baja, queda desguarnecida. Hermenegildo se ve obligado a presentar batalla en campo abierto y sus tropas son destrozadas. Consigue huir a la siempre rebelde Córdoba, a la vez que su esposa e hijo son enviados a Constantinopla por sus aliados bizantinos. Estos, pos 30.000 sólidos de oro, se venden a Leovigildo y se retiran de la contienda. Los suevos se habían replegado derrotados a sus tierras, por lo que Hermenegildo está más solo que nunca. Leovigildo envía a Recaredo a parlamentar con su hermano, que según la crónica de Gregorio de Tours, le pidió que se arrodillara ante su padre y le rogara el perdón. Hizo caso Hermenegildo y su padre le levantó del suelo para besarle, aunque le privó de sus ricas vestiduras y le envió a Valencia exiliado. De allí intento escapar Hermenegildo con ayuda de los francos, pero fue hecho de nuevo preso en Tarragona, donde en el 585 fue ejecutado por orden de su padre, convirtiéndose así en un mártir católico. En este mismo año, Leovigildo aprovecha para vengarse de los suevos por apoyar a su hijo rebelde e invade su territorio. El rey Miro había muerto en la huida de Sevilla y su hijo y sucesor Eborica es depuesto por su cuñado Audeca. Este es vencido por Leovigildo y enviado a un convento. El gran rey godo se anexiona el reino suevo y establece varias guarniciones controladas por condes godos en Oporto, Viseu, Lugo, Tuy y Braga, además de enviar obispos arrianos a estas zonas, ya que poco después de la anexión, los godos sofocan una última rebelión sueva a cargo de Malarico. Además, Recaredo obtiene una importante victoria en Septimania contra los francos, que habían enviado una flota al Cantábrico en ayuda de los suevos, a la vez que atacaban la provincia fronteriza por parte de Guntram de Burgundia, siendo totalmente barrido por el joven godo y teniendo que volver a las Galias con el rabo entre las piernas.
Leovigildo veía próximo su fin. Victorioso en numerosos frentes, no podía olvidar su fracaso en el aspecto religioso, cosa que además le había costado la vida de un hijo. Aunque no renunció al arrianismo, encargó la educación de Recaredo al ya mencionado San Leandro, obispo católico, que había vuelto a los dominios de Leovigildo junto al resto de religiosos católicos, tras una amnistía declarada por el viejo rey, que pareció darse cuenta de que la unificación religiosa solo podría hacerse bajo esta fe. En Mayo de 586, el gran rey godo abandona este mundo, y, según algunos autores, bautizándose a última hora en el catolicismo. Será su hijo Recaredo, el que si de forma definitiva este paso, en el famoso III Concilio de Toledo, donde por fin Hispania alcanzaba la unión en todos los aspectos.
Video de Artehistoria.com sobre el reinado de Leovigildo.
Bibliografía: Juan Antonio Cebrián, La aventura de los Godos,
viernes, 24 de junio de 2011
La Batalla de Cajamarca. Cuando España conquistó un imperio en menos de una hora.
| El Conquistador Pizarro |
En Enero de 1531, Francisco Pizarro iniciaba desde Panamá su tercera y última expedición. En aquellos entonces el Imperio Inca se encontraba sumergido en una guerra civil entre el Gran Inca Atahualpa y su hermano Huascar que intentaba usurpar el trono. Mientras que los partidarios de Huascar creían que los españoles dioses, Atahualpa ya había descubierto que no lo eran y empezó a provocarles. Primero intentó humillarles no poniéndose en contacto con ellos a pesar de que Pizarro se introducía cada día más en sus dominios, e incluso, llego a fundar el poblado de San Miguel. Pero cuando Atahualpa más enfureció a los españoles fue cuando, estando estos en Caxas, les envió unos patos desollados con la amenaza de que así les dejaría si no le devolvían todas las tierras que le habían invadido. Como Pizarro no se amedrento, el Inca le citó a verse las caras en la población de Cajamarca. Llegaron en primer lugar los españoles y Pizarro empezó a trabajar en la estrategia a seguir. Al llegar Atahualpa los españoles quedaron paralizados al ver que este traía un numeroso ejército que varía, según las fuentes, de entre 40.000 a 150.000 hombres entre sirvientes y guerreros. Los españoles tenían unos 15.000 aliados huascaristas, pero ellos solo eran 180 hombres y 37 hombres. Llegados a este punto, los españoles no podían ni huir ni atacar a los incas en el valle que rodeaba Cajamarca, por lo que tendrían que intentar llevar el combate al centro de la población. Consiguieron que Atahualpa fuera a una entrevista a la plaza del pueblo llevando gran cantidad de sirvientes, pero pocos soldados. Mientras los españoles, que hasta el momento se habían guardado de mostrar el poderío de su caballería y de la potencia de fuego de sus arcabuces y cañones, emplazaron estos últimos en unas alturas que dominaban la plaza central del poblado.
| Momento en que Pizarro prende a Atahualpa |
Llegado el momento de la entrevista tenemos varias fuentes con sus diferentes versiones. Parecer ser que un religioso español, el padre Valverde, utilizando a un indio aliado como traductor, Felipillo, comenzó a pedirle a Atahualpa que renunciara a su religión profana y aceptara el cristianismo y a Carlos V como su señor. El Inca, bien porque no entendía al traductor, o bien por arrogancia, hacía caso omiso del religioso. El detonante para el ataque fue cuando el padre Valverde le dio un Códice a Atahualpa y este lo arrojó al suelo. En ese momento se escuchó un tiro de arcabuz y se lanzó un paño blanco al aire, era la señal española para iniciar el ataque. Los dos cañones que tenían los españoles en una torre empezaron a vomitar fuego, a la vez que al grito de ¡Santiago! Salían los españoles ocultos hasta ese momento e iniciaban las descargas de los arcabuces y empezaba a cargar la caballería. Los incas, que desconocían las armas de fuego y los caballos, fueron presas del pánico y se puede decir que murieron más aplastados en la avalancha de huída que por las armas de los españoles. Pizarro que veía la escena desde una altura, bajo a la plaza con 25 hombres y matando a todos los guardianes de Atahualpa llegó hasta él y lo prendió. Al ver a su líder preso, los Incas, con todos sus miles de soldados se rindieron. Habían muerto más de 7000 incas por una sola baja española, parte de las desconocidas de sus aliados.
Famoso es el rescate que ofreció Atahualpa a cambio de su liberación, llenar de riquezas de oro y plata tres estancias como en la que estaba preso. De todo el imperio Inca llegaron para pagar la libertad de su líder, pero tras conseguir todo lo prometido, los españoles acusaron al líder Inca de haber matado a su hermano y de incesto por casarse con su hermana y lo ejecutaron, eso sí, a garrote, una muerte rápida, por haber aceptado el cristianismo antes de morir.
La resistencia Inca duró hasta 1539, liderados por Manco, un Inca tiere que pusieron los españoles, pero que pronto se rebeló contra ellos y que se hizo fuerte en una parte el imperio Inca hasta que los españoles acabaron con él, pero el Imperio Inca estaba moribundo desde aquella tarde en que los dioses barbudos, los españoles, le habían vencido en unos minutos.
Para saber más del tema, recomendamos la obra de William H. Prescott, Historia y Conquista del Perú.
A continuacion un curioso video recreando la historia.
lunes, 30 de mayo de 2011
Netón, dios hispano de la guerra.
![]() |
| Pico de Aznaitin, donde habita el Dios Netón |
En un blog como este, dedicado principalmente a la historia militar española, no podía faltar una referencia a uno de los pocos dioses de la guerra autóctonos de nuestra nación. Se trata del dios Netón, Neto o Natín. No existen muchas referencias acerca de Netón, lo poco que sabemos es por lo que de él dicen autores clásicos como Estrabón o Macrobio. El primero afirma que es como el dios Marte con rayos. Tampoco se han conservado muchas referencias arqueológicas, destacando la encontrada en la Acci romana, hoy Guadix, que lo relaciona con la guerra y lo muerto. Los expertos se inclinan a pensar que su culto era únicamente por parte de los iberos, pero que acabo extendiéndose a la mayor parte de Hispania, siendo adoptado también por los celtas y convirtiéndose en un Dios Panhispánico.
Hay quien lo relaciona con el dios de la guerra celta Net, de ahí la costumbre en Hispania, como en el mundo celta, de cortar la mano derecha a los enemigos vencidos, como forma de ofrenda al Dios. De hecho, en la lengua celta, neto significa guerrero, aunque en ibero parece significar puro e incorruptible. Así mismo, el nombre de Neto o Neitín era también muy común en el pueblo ibero y hay zonas con esta toponimia, como la montaña Az-naitin, en Sierra Magina, donde se creía que habitaba el Dios.
Netón podría ser un dios de los infiernos, lo cual no significa que fuera perjudicial, sino que venía de la parte más extrema del mundo y puede que fuera adorado como un héroe antiguo, padre de la civilización ibera, como pasaba en el resto de religiones indoeuropeas.
Por tanto, poco sabemos de este Dios, pero lo que parece claro es que su culto estuvo muy extendido y que fue muy adorado.
¡Oh gran Dios Netón, acompáñanos en la guerra y llévanos a la victoria!
domingo, 29 de mayo de 2011
De soldado a Maestre de Campo, la gran historia de Don Juan del Águila.
![]() |
| Juan del Águila. Soldado de la Infantería Española |
Nacido en Ávila en 1545 y criado en la localidad de donde era natural su familia materna, El Barraco, Juan era el cuarto hijo de Miguel del Águila y Sancha de Arellano, nieto del señor de Villaviciosa. Al tener tantos hermanos por delante, poco o nada podía heredar el joven Juan, así que como muchos en la época decidió labrarse un futuro en la religión de hombres honrados, en la milicia, en los famosos Tercios. Con 18 años se alista en la Compañía de Pedro González de Mendoza, hermano del Maestre de Campo Gonzalo de Bracamonte. Su primera acción -integrada su Compañía en el Tercio de Cerdeña según unos autores, en el de Sicilia, según otros- será en 1564 la toma del peñón de Vélez de la Gomera, habitual refugio de piratas. Al año siguiente participa en el socorro de Malta, salvándola del asedio de los turcos; y en 1566 en la ayuda a los genoveses en Córcega contra el rebelde Sampiero Corso. Llega 1567 y parte con el Tercio Viejo de Sicilia, o el de Cerdeña, a Flandes. Allí participa en la batalla de Heiligerlee, con lo cual nos decantamos por la opción de que estaba en el Tercio Viejo de Cerdeña, pues este fue disuelto por el duque de Alba como consecuencia de la venganza que por la derrota en esta batalla, lo soldados de este Tercio ejercieron contra la población. Además como les culpó el gran duque, en muchos años fue la única victoria holandesa en campo abierto y eso tenían que pagarlo. Tras estos sucesos la Compañía de Juan se integra en el Tercio de Flandes y su capitán le designa como alférez de la misma. En 1574 participa en la victoriosa Batalla de Mook. Dos años después es enviado a socorrer el castillo de Gante. Muerto el gobernador Luis de Requesens, Guillermo de Orange aprovecha para instar a la revuelta. Las tropas imperiales, como siempre estaban faltas de pago, y los alemanes y valones aprovechan la revuelta para cambiar de bando y dejar entrar a los rebeldes holandeses en Amberes, donde Sancho Dávila queda sitiado en la ciudadela. Aquí Juan del Águila da grandes muestras de liderazgo pues en Alost, donde los soldados españoles se habían amotinado por la falta de pagas, convence a estos para que depongan su actitud y le ayuden a salvar a sus compatriotas de Amberes. Los soldados de los Tercios, como tantas otras veces, anteponen su deber al dinero y toman la ciudad, eso sí cometiendo grandes saqueos y llevándose todo lo de valor. Juan del Águila es nombrado capitán y obtiene su propia Compañía. Estamos en 1577 y con la paz del Edicto Perpetuo, marcha, ahora sí, con el Tercio Viejo de Sicilia a Lombardía, pero enseguida es reclamado de nuevo por Don Juan de Austria, siendo repatriado en 1580 por Alejandro Farnesio, ya que se les adeudaban 24 pagas. Vuelve a Flandes en 1582 y al año siguiente, muerto su maestre de campo, es elegido para el cargo con tan solo 38 años. En veinte años había pasado de soldado bisoño a mandar todo un Tercio Viejo. En 1584 participa en el asedio de Amberes, donde se destaca su Tercio, especialmente en la batalla del dique de Covenstein. Rendida Amberes el 17 de Julio, los soldados reciben las 37 pagas que se les debían desde su retorno a Flandes. Son destinados a la Isla de Bommel, donde vivirán el famoso Milagro de Empel y posteriormente, en 1586, participa en las conquistas Grave, Neuss, Alpen y el socorro de Zutpehn, expulsando de allí al ejército inglés que asediaba la ciudad. En 1587 es herido gravemente en el asedio de la Esclusa y es llamado a la corte. Una vez allí, es presentado al rey Felipe II como “un hombre que nació sin miedo”. El monarca le concede crear un Tercio en Santander para la invasión de Inglaterra, pero ante el fracaso de la Invencible, se paraliza el proyecto. Parte a Francia en 1590 para ayudar a los católicos en las luchas religiosas de este país. Desembarca en Nantes y la Bretaña durante 8 años será su dominio. En Port Louis construye la fortaleza conocida como “Fuerte del Águila”. Toma en 1591 el castillo de Blain. En 1592 derrota aun ejército anglo-francés en Craon y persigue a los ingleses hasta destrozarlos en Ambrières. Este mismo año toma Brest, donde construirá la fortaleza del “puente de los españoles”, que ante la conversión al catolicismo de Enrique IV, con su aumento de fuerzas, se ve asediada, no pudiendo llegar a tiempo Juan del Águila para su socorro. La fortaleza resistió heroicamente y solo tuvo 13 superviviente, el resto fueron masacrados. Por suerte, las victorias españolas en el norte de Francia, obligan a Enrique IV a dejar casi abandonada la Bretaña, lo que permite a Juan del Águila rehacerse y organizar la, ya comentada aquí, expedición de Carlos de Amézquita contra suelo inglés. Nantes era una excelente plataforma para atacar Inglaterra, pero Felipe II, viejo y enfermo, harto de guerras, forma la paz de Vervins con Enrique IV y le devuelve todas las plazas de Bretaña.
De vuelta a España, Juan del Águila y su Tercio se dedican a escoltar galeones españoles, hasta que en 1600 es encarcelada acusado de estafar a la hacienda española. Es absuelto y para compensarle se le entrega la organización de la expedición a Irlanda, como base para atacar Inglaterra. Será la última gran campaña de este héroe y por la que será mal juzgado. En 1601 zarpa desde Lisboa con 33 barcos y dos Tercios con 4432 hombres en total. Tras las típicas inclemencias meteorológicas, Juan del Águila queda aislado en la localidad irlandesa de Kinslale con 3000 hombres. Los irlandeses apenas le aportan 900 hombres sin experiencia. Los ingleses les asedian con más de 12000. Juan del Águila no cesa de pedir refuerzos a España, pero los pocos que le mandan casi nunca llegan a buen puerto, nunca mejor dicho. El más destacado fue el de Pedro de Zabiaur, que zarpó el 7 de Diciembre de La Coruña con 829 soldados, además de numerosas provisiones y municiones. De los diez barcos que traía, cuatro los perdió en una tempestad. El resto llegó el día 17 a 48 km de Kinslale, donde los ingleses envían siete barcos, consiguiendo hundir solo un galeón español y sin poder tomar puerto al ser atacados por las baterías españolas desde tierra. En la madrugada de ese día, 1500 hombres salen de Kinslale para cavar con 700 ingleses y destruirles 20 cañones. Esta acción anima a los irlandeses a jurar fidelidad al ya rey Felipe III y entregar varios castillos y hombres a los españoles. Ahora los ingleses ya solo tenían 8000 hombres, pero seguían siendo superiores en número. Llegamos al 24 de Diciembre, cuando se produce la desgraciada Batalla de Kinslale, en que los ingleses supieron aprovechar la dispersión de las tropas hispano-irlandesas. Las tropas que habían llegado de socorro, más un ejército irlandés formado en el norte de la isla por los nobles de la zona, intentan romper el cerco y llegar a Kinslale. Sabiendo que los irlandeses eran de lejos los más débiles, lanzaron sobre ellos su caballería, la cual les desbandó. El español Ocampo será el único que plante una resistencia seria y profesional a los ingleses, pero al precio de la muerte de 90 hombres y tener 52 prisioneros, aunque logro que los irlandeses “solo” perdieran 1200 hombres de los alrededor de 6000 que huían como alma que lleva el diablo. Los ingleses, en este desbarajuste fruto de la falta de coordinación y de la poca profesionalidad de los bisoños irlandeses, tan solo tuvieron 12 bajas. Juan del Águila pacta una capitulación honrosa, cede las plazas de la zona a los ingleses a cambio de salir con todas sus banderas y pertenencias de Kinslale. Además se les tenía que asegurar el viaje a España a los 1800 hombres que le quedaban, más todos los irlandeses que se le quisieran unir. El 13 de Marzo de 1602 llega Juan del Águila a La Coruña. En un gran gesto, con los 59000 escudos que llevaba encima crea un hospital de campaña para atender a los soldados heridos.
Pese a todas las dificultades de la empresa irlandesa y de conseguir salir de aquel desaguisado con la cabeza bien alta, se le abre un Consejo de guerra a Juan del Águila, acusándole de haber perdido la reputación. Antes de ser juzgado, deprimido por que se pusiera en duda su conducta militar y el arresto domiciliario que sufría, muere en Agosto este gran soldado. Aún después de muerto el Consejo de guerra le acuso de tibieza, sin tener en cuenta que había soportado un asedio de 3 meses en condiciones penosas ante fuerzas muy superiores.
Desde aquí reclamamos el honor que este soldado se merece y limpiamos su buen nombre, aquel que quisieron manchar burócratas que hacían la guerra a miles de kilómetros de donde sonaban los arcabuces y se plantaban las picas.
Bibliografía: www.tercios.org
Excelente web sobre los Tercios españoles. Muy recomendable su visita.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

