domingo, 9 de diciembre de 2012

El Salado, el fin de la última invasión.

Tras la famosa batalla de las Navas de Tolosa, con la consecuente caída del poder almohade, los reinos cristianos se habían hecho amos y señores de la situación en la Península Ibérica. Los débiles reinos de Taifas fueron cayendo uno tras otro, especialmente bajo el reinado del rey santo Fernando III. Solo Granada  (que comprendía la actual provincia, más Almería, Málaga y el istmo de Gibraltar) resistía, aunque a costa de pagar grandes tributos a Castilla.
Cuadro del Siglo XVII sobre la batalla que se
encuentra en el Real Monasterio de Guadalupe
Mientras, en el norte de África, un nuevo poder controlaba la zona, los benimerines. Desde finales del siglo XIII intentaron pasar a la península y no dejaron de mandar ayuda a sus compañeros de fe granadinos. Famoso fue su intento de toma de Tarifa en 1294, rechazado por el empeño del gran Guzmán el Bueno. La gran ventaja de los benimerines era la superioridad de su flota, con la que lograron el control del estrecho. Gracias a esto, consiguieron arrebatar Algeciras a los cristianos en 1329, desde donde lanzaron una ofensiva que acabó con la toma de Gibraltar en 1333. En los años siguientes, trataron de reforzar estas bases para un nuevo intento de ocupar la península. Para evitar grandes desembarcos de tropas, fue fundamental el papel del Almirante castellano Alfonso Jofre Tenorio, que pese a su enorme inferioridad, se convirtió en una pesadilla para los intereses musulmanes. En 1325, con tan solo seis galeras, ocho naos y otras seis embarcaciones menores, logró derrotar a una gran flota enemiga. Pero, con tan pocas naves, sabía que tarde o temprano no podría evitar el desembarco enemigo. Fue por esto que en 1339 fue reforzado por una flota bajo el mando del Almirante aragonés Gilabert Cruilles. Sin embargo, este fue herido en una escaramuza y al retirarse, los benimerines, aprovechando esta situación y la noche se lanzaron al paso del estrecho con 140 naves de transporte y 70 galeras. Por prudencia, Jofre Tenorio no se arriesgó a salir contra esta expedición, lo que le valió las críticas de todos, incluido el propio rey. Dolido en el orgullo, Tenorio se lanzó a una operación suicida en la que perdió la vida y casi todas sus naves. Tras esto, no quedaba ningún freno al flujo de tropas hacia Algeciras. El rey de Granada, Yusuf I, se frotaba las manos. Gracias al apoyo del rey de los benimerines, Abu Hasan, iba a poder quitarse por fin de encima el dominio de Castilla. Por otro lado, el rey de esta, Alfonso XI, se veía en una situación cada vez más amenazante, por lo que no dudo en pedir ayuda al Papa y a su suegro, el rey de Portugal, Alfonso IV. El santo padre dio a la campaña calificación de cruzada, con lo que recibió ayudas económicas y de hombres, especialmente de Aragón y Portugal. Portugal, acudió con su rey al frente a la contienda, más una flota para equilibrar las fuerzas en el estrecho y 2000 caballeros.
Estatua de Alfonso XI en Algeciras para conmemorar
su gran victoria en el Salado.
En este momento la situación se encuentra así; mientras el rey castellano busca refuerzos, los reyes Yusuf y Abu Hasan han puesto sitio a la deseada Tarifa. Reunido Alfonso XI con su suegro, marchan raudos a la ciudad sitiada, situándose en la orilla occidental del río Salado, al oeste de Tarifa. En una hábil maniobra, Alfonso XI consigue introducir en Tarifa 1000 caballeros y 4000 infantes para refrescar las exhaustas fuerzas de la ciudad. Además una escuadra combinada de aragoneses y genoveses, bajo el mando de Pedro de Moncada, introduce también algunos marineros.
Las fuerzas musulmanas se dan cuenta de que están perdiendo el control de la situación y deciden plantear una batalla en campo abierto, pues sus fuerzas sumaban 80000 hombres, frente a los 20000 infantes y 10000 caballeros castellanos y sus pocos refuerzos de Portugal y Aragón. Era el 30 de Octubre de 1340.
Cada ejército pasa a ocupar una orilla del rio. Los castellanos, como es habitual, tienen su mejor arma, la caballería pesada al frente. Sin embargo, el control de los vados por los que se puede cruzar el rio, es de los infieles. El rey castellano no se decide a pasar, hasta que dos de sus caballeros, los hermanos Gonzalo y Garci Lasso Ruiz de la Vega, en un gran acto de valor, espolean sus monturas, contagian al resto y se lanzan al cruce de un puente. Tras el paso del rio, vuelven a formar la línea de caballería y se lanzan con todo contra la vanguardia musulmana, compuesta por una gran masa de infantería. Los peones musulmanes caen aplastados, la famosa caballería ligera benimerín que formaba detrás se lanza en su ayuda, pero es detenida por los infantes castellanos que ya han tenido tiempo de cruzar el río y por la reserva de caballería de Gonzalo de Aguilar. Nada pudo hacer en un espacio tan cerrado la caballería ligera musulmana, más acta para espacios abiertos. Algo parecido ocurrió en el flanco derecho, donde la caballería portuguesa derrotó a la nazarí. A los musulmanes les quedaba la baza de su retaguardia, formada por la mayoría de sus infantes, pero en este momento, los defensores de Tarifa realizan una salida de la ciudad y los encierran entre dos frentes, sufriendo grandes bajas. La victoria cristiana es total, toman el campamento y dejan más de 40000 muertos enemigos sobre el margen del Salado. A esto se suma un enorme botín que reventó los mercados de oro y plata de España y Francia.
Esta victoria fue sonada en toda la Europa cristiana, que se inflamó de una gran dosis de moral. Alfonso XI envió al Papa Benedicto XII a 24 presos con todas las banderas capturadas al enemigo, además de grandes riquezas tomadas al mismo. Un enemigo que ya nunca más osaría tratar de invadir esa tan codiciada Hispania, que ahora solo tenía un pequeño y aislado pedazo musulmán, que gracias a sus riquezas y a las guerras civiles cristianas, resistiría un siglo y medio más el imparable avance de la Reconquista.
Alfonso XI representado en el fragor de la batalla
 

 

domingo, 24 de junio de 2012

García Fernández, Conde de Castilla, único freno de Almanzor.

Imagen de García Fernández en Salamanca
Conocidos son los estragos que Almanzor hizo en la España cristiana de fines del primer milenio. Indiscutible es la gran fuerza militar de este gran caudillo sarraceno, pero lo que también es cierto que pocos se atrevieron a hacerle frente. Muy al contrario, fueron muchos los reyes, condes y grandes señores que se le sometieron a cambio de prebendas. Valga como ejemplo, que en la famosa destrucción de Santiago de Compostela del 997, hubo señores leoneses entre las tropas del líder árabe.
Pero a lo largo de su victoriosa carrera, Almanzor tuvo en Castilla a un rival digno, el Conde García Fernández, que pese a sufrir varias derrotas, nunca se doblegó al poder de aquel diablo que asolaba las tierras reconquistadas.
Cuando en 970 heredó el condado de Castilla de su padre, Fernán González, se encontraba en una fase de paz con el califa de Córdoba, que por aquel entonces era Al-Hakam. En 974 decide romper la paz y ataca las tierras musulmanas de Soria y Guadalajara, tras formar una coalición con los reyes de León y Pamplona y otras poderosas familias. El general eslavo Galib, el mejor de la época en Córdoba les frena en el intento de tomar la importante plaza de Gormaz.
Pasan los años, Almanzor se ha hecho con el poder absoluto en Córdoba y empieza a golpear con dureza la frontera y las tierras cristianas. García Fernández cree con razón que hay que contrarrestar estas acciones y aliviar la frontera volviendo a intentar tomar Gormaz. Pide audiencia a su señor, el rey de León Ramiro III, pero este está escaldado de los enfrentamientos contra el poderoso Almanzor, y se la niega. No se rinde nuestro conde, y pese a no contar con ningún apoyo se lanza a tomar la plaza con un fuerte ejército castellano. El cómo había conseguido reunir estas huestes en su condado se debe principalmente a la promulgación de los Fueros de Castrojeriz. En base a estos fueros, se equiparaba legalmente a los campesinos que dispusieran de un caballo y armamento para hacer la guerra –los llamados infanzones-, con la baja nobleza. De esta manera, García Fernández atrajo a un gran número de estos infanzones a sus tierras, pudiendo formar así una fuerza militar considerable.
Estamos en 978 cuando el conde de Castilla inicia su ofensiva sobre Gormaz, la cual toma rápidamente, consiguiendo un éxito que nadie esperaba. Pero no se detiene aquí García Fernández, sino que continúa su campaña y saquea Almazán y Barahona, además de Atienza. La llegada del frío le hace retornar a sus tierras castellanas, cargado de un gran botín.
Mientras Almanzor  entraba en una especie de guerra civil con su suegro, el general Galib. García Fernández se alía con el general eslavo, pero la gran fuerza militar organizada por Almanzor les derrota en San Vicente. Era el año 981, el mismo en que una nueva coalición, de Castilla, León y Navarra se enfrente en Rueda a Almanzor, que una vez más sale vencedor, siendo a raíz de esta batalla cuando toma su sobrenombre de al-mansur, el victorioso. Esta derrota supuso la rebelión de los nobles gallegos del Reino de León, que deponen a Ramiro III y sitúan en el trono a Bermudo II. Tanto estos nobles, como el rey se convertirán de manera humillante en vasallos de Almanzor. Pronto le seguirán el resto de coronas y condados; García Fernández se quedará como el único opositor al poder avasallador de Almanzor. Este no deja de asolar las tierras cristianas, en especial de aquellos que osan no someterse. Pero García, pese a tener que ir retrocediendo terreno, no deja de causar dificultades a Almanzor y de intentar unir a los poderes cristianos contra el enemigo musulmán.
El invencible Almanzor no da crédito a que un simple conde, vasallo de León, sea tan terco y obstinado. A esto se suma la rebelión de uno de sus hijos, Abd Allah, que busca refugio en los dominios del conde de Castilla. Mientras, en 989, Almanzor vuelve a toparse con las defensas de Gormaz, pero asola el resto de la comarca. García Fernández llega a un acuerdo con él, le devolverá a su hijo a cambio de la paz y de que no le haga ningún daño. Almanzor acepta, pero no respeta el pacto y decapita a su propio hijo.
La paciencia de Almanzor se está agotando y se dispone a emplear una de sus tácticas preferidas, la compra de voluntades. Es aproximadamente lo que se narra en el Romance de los Siete Infantes de Lara, según el cual, la familia Lara, una de las más poderosas de Castilla, traiciona a su conde. En la trama está involucrada hasta la propia esposa de García. No sabemos la verdad que puede existir en este romance, pero sin duda, algo de cierto hay. Más aún, cuando lo que sí está probado es que será Sancho García, el hijo del conde, el que se alíe con Almanzor en contra de su padre. El motivo fue seguramente ver como todos los señores de la época lograban grandes prebendas al someterse al musulmán, mientras que, por el contrario, su testarudo padre no dejaba de sufrir las penalidades de la guerra y perder territorios y riquezas en sus luchas contra Almanzor. A esta triste traición, se une la de los infanzones de Espeja, una población de la frontera. Entre 993 y 994 caen Gormaz, Clunia y Osma. Es un golpe muy duro para García Fernández. Pero una vez más, cual ave fénix, el conde se rehace. Reorganiza sus fuerzas y contraataca para pedir cuentas a los de Espeja y atacar Medinaceli, haciendo retroceder a las fuerzas musulmanas. Será en el eje entre Langa y Peñaranda donde se dispute la batalla final. Volviendo a la leyenda del romance, doña Ava, la mujer de García Fernández, estaba compinchada con Almanzor. Esta alimenta al caballo de su marido de salvado en vez de cebado, para que se mantuviera robusto, pero sin fuerzas. De esta manera, al poco de ser montado por el conde, el caballo desfalleció y el castellano fue derribado y cayó malherido. Ciertamente, en una batalla cerca de Alcozar, el conde castellano cae gravemente herido, sus fuerzas se dispersan y es tomado prisionero. Almanzor por fin ha capturado a su eterno enemigo. Ordena que sea llevado a Córdoba donde será encarcelado y ajusticiado, pero las heridas son muy graves y García Fernández muere poco después, privando a Almanzor de su venganza. En un gesto nada habitual para este demonio, sabe reconocer al único rival digno que tuvo y entrega el cuerpo a los cristianos de Córdoba para que le den sepultura.
Muerte García Fernández ya nadie queda para hacer frente a Almanzor, pero su ejemplo de lucha calará en la generación posterior. Los hijos de los señores sometidos –incluso Sancho García, que cambiará su actitud con los años-, se hartan de vivir bajo la humillación del yugo del musulmán. Uno a uno, cuando vayan llegando al poder, se rebelaran contra Almanzor, hasta la muerte de este, que marcará el inicio de una gran crisis en el califato y de la recuperación de los reinos cristianos, en la cual tuvo bastante que ver el espíritu combativo y rebelde del conde García Fernández, “el de las manos blancas”.

lunes, 11 de junio de 2012

Los Tigres de Buharrat.

Legionarios de la III Bandera con el famoso estandarte del tigre
Ya hemos contado en otras ocasiones, que en sus inicios, el recién creado Tercio de Extranjeros carecía de la confianza del alto mando. Sus primeros servicios se daban lejos de la vanguardia y los primeros legionarios tuvieron que aguantar burlas de los soldados de otras unidades, sobre todo, por su característico gorrillo. Poco duro esta situación, el desastre de Annual catapultó a la Legión a la fama, pero unos días antes, esta legendaria unidad ya empezó a demostrar de lo que estaba hecha y supo acallar las críticas y los comentarios burlones. Una de esas primeras jornadas de gloria, fue la protagonizada por la III Bandera en Buharrat, siendo conocidos sus hombres a partir de entonces como los Tigres de Buharrat.
Bajo el mando del Comandante Candeira, en Febrero de 1921 la III Bandera había llegado a Tetuán, para como el resto, ser revistada por el Alto Comisario, causando una gran impresión entre el público asistente. De allí partió a realizar servicios de seguridad y protección de caminos, hasta que en Mayo llegó a Xauen, con la misión de proteger la ciudad. En estos días, las vanguardias de las columnas que protegen el lugar traban un breve combate con el enemigo, siendo  recibidos estos primeros disparo con gran júbilo por parte de los legionarios, que no ven la hora de entrar en combate. Pero los días pasan y no acaba de llegar el esperado día de bautizarse en un gran combate. Se construyen blocaos y se asegura la zona, más parecen peones e ingenieros, que soldados de infantería. El día 24 de junio, las tres banderas vuelven a unirse en el Zoco el Arbaa. Sus relaciones con los Regulares son cordiales, pero tendrán que llegar a las manos con otros soldados que les cantan aquello de “¿Quiénes son esos soldados, con tan bonitos sombreros? Son el Tercio de legionarios que llena sacos terreros”
Tiene la esperanza de encontrar la acción en las futuras operaciones que se presentan sobre Beni Lait, con el objetivo de acabar con el segundo del Raisuni, el temible guerrillero Hamido es Sucan. Pero al partir el día 27 se les vuelve a encuadrar en el grueso de las columnas, la ansiada vanguardia sigue quedando lejos.
En la operación sobre Salah, por fin el Comandante Franco consigue un puesto en vanguardia para su I Bandera, pero con la condición de que no tenga ni una baja, algo prácticamente imposible en un terreno infestado de enemigos. Alcanzamos así el día 29 de junio, un día que pasará a la historia de la Legión. El Sucan lanza un poderoso ataque sobre las fuerzas de Franco. Sus hombres reaccionan bien, pero pagan con su sangre el éxito. Uno de los heridos será el famoso Capitán Arredondo, jefe de la 1ª Cía., que quedará un año de baja por varios disparos en las piernas. Ese mismo día, al norte de Kudia Taimutz, la columna en la que está encuadrada la III Bandera, debe de entrar también en combate. Hay en la zona una larga loma, de vital importancia para dominar la situación, es Buharrat. A su toma se lanzan las dos compañías de fusiles de la Bandera, la 7ª y 8ª, apoyadas por el fuego de la de ametralladoras, la 9ª. Una vez tomada la posición, desde la cual se ve la propia casa del Sucan. Es cuando la 9ª se va a incorporar a las posiciones en Buharrat que se envuelta por un violento contraataque de los harqueños. Los legionarios están rodeados y tienen al enemigo tan cerca que no se puede emplear el fuego de ametralladora. Los servidores deben de defenderse a tiro de pistola antes de llegar al cuerpo a cuerpo. Mientras los conductores hacen lo propio con sus mosquetones, todos ellos acompañados por el vigor de su capitán, Camilo Alonso Vega. El enemigo intenta apoderarse de las máquinas y llega a cogerlas por el cañón, teniendo que soltarlas por su elevada temperatura y acabando por ser rechazado.
La acción de Buharrat le cuesta a la III Bandera la muerte del teniente Torres Menéndez y la de once legionarios. Han quedado heridos el capitán de la 8ª, Ortiz de Zárate y 19 legionarios. Se lamentan los caídos, pero por fin han disfrutado de su bautismo de fuego y han callado las bocas de esos que los calificaban como simples cargadores de sacos terreros.
El jefe de la Legión, el mítico Millán Astray, dará a esta Bandera su nombre de los Tigres de Buharrat, y a partir de ahora este será su estandarte, un tigre rampante que recordará por siempre el valor y ferocidad de aquellos legionarios que empezaron a escribir la historia gloriosa de la Legión.
Cuadro del excelente pintor Clauzel que muestra al portaestandarte de la III Bandera a caballo

lunes, 14 de mayo de 2012

La Dama de Arintero, la mujer caballero.

Imagen de la Dama de Arinteros que se encontraba en la
desaparecida sala de las mujeres militares del antiguo
Museo del Ejército en Madrid. Esa sala perdida en el
"progre" nuevo museo del Álcazar de Toledo.
Vivía España unos momentos de incertidumbre, provocados por una guerra civil en la que se disputaba el trono de Castilla. Por un lado tenemos a nuestra Isabel I de Castilla, la católica; por el otro, la hija bastarda del difunto rey Enrique IV, Juana la Beltraneja. Esta última recibió la adhesión de muchos nobles castellanos y contaba con el apoyo de las tropas portuguesas, ya que era esposa del rey de ese país, Alfonso V. Los Reyes Católicos han de hacer un llamamiento a todos sus fieles. Uno de ellos era el hidalgo Juan García, natural de Arintero y veterano de las guerras contra los moros, en 1474 era demasiado viejo para acudir de nuevo al combate. Para desgracia suya sus 7 descendientes eran mujeres, por lo que no iba a poder ayudar a sus reyes, viendo caer la deshonra sobre su familia. Tan apenado estaba el anciano, que una de sus hijas medianas, Juana, decidió tomar el papel que a un hijo le hubiera correspondido. Con una gran fuerza de voluntad recibió un duro entrenamiento de dos meses en los que curtió su cuerpo y aprendió el oficio de las armas. Una vez estuvo lista, se pertrecho como un guerrero y partió a unirse a las filas de sus reyes. Llegó al campamento de Benavente y triunfó en su engaño al ser alistado como el caballero Diego Oliveros. Tras meses de campaña, participó con valentía en la toma de la rebelde Zamora y se gano el respeto de sus compañeros. Tras esto, los fieles a la Beltraneja, con el ejército portugués al frente, se concentraron en Toro, en torno a la cual se iba a decidir el futuro de la contienda.  Era 1 de Marzo de 1475, cuando en Peleagonzalo, las tropas de caballería castellanas destrozan al enemigo. En la persecución el caballero Oliveros traba combate con un fiero enemigo. Pese a que lo desmonta del caballo, en el choque, Diego sufre la rotura de su jubón, quedándose libre un suave pecho blanco que hace descubrir a todos que en realidad están delante de una mujer. Salta pronto el escándalo y Juana es llevada ante la presencia del rey Fernando. Este queda muy sorprendido por como una mujer se ha desenvuelto todo ese tiempo con tanta valentía y destreza y le ofrece lo que ella quiera. Esta, humilde, le pide solo la libertad, a lo que el rey contesta que eso ya la tiene, que pida otra cosa. Es entonces cuando según los romances la Dama de Arintero le pide al rey:

“En ese caso, señor, hay algo que me gustaría pediros. Mi tierra os sirve tan generosamente que se está quedando sin varones y tiene que enviar a sus mujeres a la guerra, no consintáis que se despueble y libradla de los azotes de la guerra. No os pido que la libréis de los justos tributos de dinero; libradla de los tributos de sangre; haced que todos sus naturales sean hijosdalgo, y ello engrandecerá el reino”

El rey le expende un documento a Juana, en el que se recogen los siguientes privilegios para su villa:
- Arintero sería ahora solar conocido de hijosdalgos notorios.
- En las tierras de Arintero y en veinte leguas a la redonda no podría exigirse contribución de sangre o dinero; sus vecinos quedaban exentos del pago de tributos reales y del servicio militar.
- Los miembros del linaje y solar tendrían el privilegio de presenteros de beneficios.
- Que fueran Presenteros en la parroquia de Santiago Apóstol.
- Que los Presenteros tuvieran derecho a ser obsequiados con yantar por el rector de la parroquia.
- Que el Presentero más viejo llevase la ofrenda de la caridad todo el año.
- Que su categoría de Hijosdalgos la tuvieran aunque cambiaran de residencia, y referido a todos los vecinos de Arintero.
- Se concedía licencia real para celebrar todos los años fiesta y feria en el aniversario de la victoria ante las tropas portuguesas.

Parte Juana muy contenta hacia su pueblo, pero no acaba aquí su historia, pues el drama estaba por venir.
La reina Isabel hace ver a su marido que ha errado en su decisión, que tal como están las cosas, con tanto noble levantisco, no se pueden ir regalando privilegios de ese tipo así como así. Se envía por lo tanto una patrulla de seis hombres para que prendan a Juana y le arrebaten el legajo.
Nuestra heroína, que en nada podía sospechar este devenir de las cosas, se encontraba descansando en La Cándana, un pueblo a escasos 20 kilómetros del suyo, parece ser que jugando a los bolos con unos familiares. Pronto dan con ella los soldados y le piden los documentos. Esta se niega, y, previsora de lo que podía ocurrir, se los había dado a un primo suyo para que se los hiciese llegar a su padre.
Juana entabla un feroz combate contra los seis hombres. Unos dicen que murió valientemente en la refriega; otros que logro escapar y acabar sus días esposada con un noble asturiano. Quién sabe, para la leyenda ha quedado su nombre y el escudo de su pueblo la recuerda con este poema:

SI QUIERES SABER
QUIEN ES ESTE VALIENTE
GUERRERO QUITAD LAS
ARMAS VERÉIS SER
ES LA DAMA DE ARINTERO
CONOCED LOS DE
ARINTERO VUESTRA
DAMA TAN HERMOSA
PUES QUE COMO
CABALLERO CON SU REY
FUE VALEROSA.
Escudo de la Villa de Arintero


También quedaron unos versos en su recuerdo en el pueblo que presumiblemente la vio caer, en La Cándana aún se dice:

"La Cándana, pueblo triste
porque en tu recinto viste
morir la luz de Arintero.
Toda la montaña llora
la alegría de tus muros
y, en la Dama, a quien adora
mira sus timbres más puros".

Existe una novela histórica de Antonio Martínez Llamas con el título de “La Dama de Arintero” donde se narra la vida de esta gran mujer.

martes, 1 de mayo de 2012

Mörsel Karl, el supermortero alemán.

Un Mörsel Karl con la gran cantidad de hombres que se necesitaba para su uso
De entre los diferentes tipos de morteros que se emplearon en la II Guerra Mundial, el más espectacular, aunque no el más efectivo, fue el mortero Mörsel Karl, una auténtica bestia de 600 mm. de calibre. Debido a su gran tamaño y a la dificultad de su transporte apenas se le dio uso y su función más la del impacto psicológico sobre el enemigo. Pensando para la campaña de Francia, la rápida rendición de esta nación, hizo que su uso se retrasara hasta la campaña del Este, concretamente en el sitio de Sevastopol. Posteriormente fue utilizado en el Levantamiento de Varsovia y en Brest-Litovsk. Su radio de alcance superaba los 6800 metros, en el modelo Gerät 040. Posteriormente, se modificaron tres de los 6 Mörsel Karl existentes, creando el modelo Gerät 041, que alcanzó un radio de más de 10 kilómetros, al reducir el calibre a 54 cm y estableciendo la longitud del tubo en 7,1 metros.

Los Mörsel Karl se distribuyeron en tres batallones de la Wehrmacht. En el 1º estaban los Karl Adán y Eva, en el 2º Odín y Thor y en el 3º Loki y Ziu (nombre germano de Tyr, dios escandinavo de la guerra).
El Mörsel Karl ZIU en el Levantamiento de Varsovia

El peso de la munición, según el tipo, rondaba las dos toneladas por unidad. Los Mörsel Karl se situaban sobre una plataforma con ruedas de carga. La suspensión se consiguió mediante dos tipos de barras de torsión. El motor de la plataforma de transporte era un Daimler-Benz MB 507 Diesel de 12 cilindros, refrigerado por líquido, consiguiendo una velocidad máxima de 10 km/h. El transporte se hacía a través de ferrocarriles especiales, ya que para ser llevados por carretera tenían que ser desmontados.
Muestra de la violencia del impacto del ZIU contra un edificio

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...