sábado, 12 de febrero de 2011

KRASNY BOR, GLORIA PARA LA DIVISIÓN AZUL.

El pasado 10 de Febrero se cumplió el 68 aniversario de la Batalla de Krasny Bor, donde la División Azul se cubrió de gloria, pero donde sufrió alrededor de 2000 bajas y la mitad de muertos que tendría a lo largo de toda su participación en el frente del Este.
División Azul
Dentro de los movimientos para liberar a Leningrado del cerco de las fuerzas alemanas , los sovieticos idearon la Operación Estrella Polar. Mediante esta operación pretendían hacerse con el control de la carretera y el ferrocarril que iba hacia Moscu. Para ello prepararon una ofensiva brutal sobre el poblado de Krasny Bor, donde estaban concentrados 5900 hombres de la División 250 de Voluntarios Españoles, para abrir una brecha en el frente alemán. Los rusos concentraron 4 Divisiones con 44.000 hombres, 100 carros de combate KV-1 Y T-34, 800 cañones de 187 mm y 2 batallones de morteros y otras piezas. Para hacernos idea de lo feroz del ataque, decir que estos 800 cañones estuvieron disparando durante 2 horas un proyectil cada 10 segundos cada uno de ellos. A esto hay que sumar las pasadas de la aviación rusa tras este ataque.

Soldado Laureado Ponte Anido
 De las 8 Laureadas de San Fernando que ganó la División Azul, 3 fueron por esta batalla. Una de ellas la ganada por Antonio Ponte Anido, que herido de bala y aunque se le ordenó replegarse a posiciones seguro, vio como un T-34 se dirigía contra el puesto de socorro donde habían cientos de heridos españoles. El valiente soldado español, con las pocas fuerzas que le quedaban, consiguió acercarse al carro ruso y pegarle una mina en el tren de rodaje, sin poder huir por su herida, murió en la explosión que destruyó a la amenaza enemiga.
Mucho se puede contar sobre esta batalla, pero que mejor testimonio de lo allí acontecido que, sin duda es el del, entonces Sargento, Don ángel Salamanca Salamanca, que sirvió a las ordenes del inmortal Capitán Palacios:
La División Azul estaba desplegada en el norte del pueblo de Krasny Bor, en un frente de 20 kilómetros de largo al sur del sitiado Leningrado. Desde 1941 los alemanes habían cercado la ciudad y, en su intento definitivo por acabar con el sitio, los soviéticos habían elegido Krasny Bor. Estábamos, pues, en el eje de su ataque. Mi unidad, unos 5.000 hombres -aproximadamente un tercio de los efectivos españoles- se encontraba allí. Yo estaba incorporado como sargento a la Quinta Compañía del II Batallón del Regimiento 262, a las órdenes del capitán Teodoro Palacios, quien me destino a la segunda sección, al mando del alférez Céspedes. A mi cargo tenía un pelotón reducido de 35 hombres. Venia de una larga experiencia en combate adquirida en los frentes de Aragón, Madrid y Cataluña durante la Guerra Civil desde agosto de 1936, cuando tenía 17 años. Me enrole en la División Azul en verano de 1942, en Logroño.
Hacia ya días que sabíamos que algo gordo se cocía en las filas rusas. Un ucraniano que se paso al bando español en la noche del 9 de febrero fue la señal inequívoca de que el ataque era inminente: llevaba ropa interior nueva, una costumbre local antes de la batalla para morir limpios y puros si caían abatidos en combate. Entendimos rápidamente que en pocas horas empezará el baile. Había tensión, pero no miedo.
El día 9 de febrero del año 1943, me llamo el capitán y me dijo:

- Salamanca, tienes que hacer un reconocimiento a vanguardia a ver que ves en las líneas enemigas.

- Yo cogí dos soldados, que siempre salían voluntarios los mismos, y nos fuimos los tres. Cuando llego allí casi me asuste. Tenían tal desorden que no se podía andar. Te podías meter entre los rusos tranquilamente que nadie iba a sospechar quien eras. Carros de combate por todos sitios, las piezas de artillería no paraban de pasar, formaciones de tropas, carros de combate, el organillo (en referencia al órgano de Stalin)... en fin, aquello era de miedo, lo que había allí.
Regresamos. Se lo digo al capitán. Allí hay tropas, me cago en diez... no solamente para romper nuestro frente que somos cuatro gatos, sino para seguir avanzando hasta el fin del mundo.
Esteban Infantes, a pesar de las opiniones de sus subordinados, considera que se trata de un ataque de sostenimiento.
Había que preparar la posición. Limpiar la... teníamos una trinchera de evacuación que estaba llena de nieve. El capitán mando a unos soldados a limpiarlo. Aprovisionar de municiones a todos los pelotones y a redoblar la guardia por si se adelantaba, porque teníamos noticias de que el ataque iba a empezar sobre las siete de la mañana.
Parecía que el cielo se iba a desplomar, que se acaba el mundo, que nadie va a quedar vivo. Faltaban pocos minutos para las siete de la mañana del 10 de febrero de 1943 y había comenzado el miércoles negro en Krasny Bor. La artillería rusa inicio el castigo sin piedad. Los españoles que estábamos en primera línea corrimos a los búnkeres a cobijarnos de los fogonazos de más de 800 cañones que hacían agujeros tan grandes como plazas de toros. La tierra temblaba y el humo hacia difícil la visibilidad. Estábamos escondidos como ratas en el búnker, a 2,5 metros de profundidad. Todo era ruido, fuego, gritos, lodo, nieve y sangre. El termómetro no subía de los 25º bajo cero. Pese al frío, se sudaba, pero no se comía, ni se beba, ni se fumaba, ni se daban los buenos días. Muchos oficiales, en labores de vigilancia, fueron alcanzados con los primeros bombazos, dejando sin mando a la tropa. Fue Hasta una de las claves de la batalla. Se decía que nunca casa un obús o un mortero donde ya había caído otro. Mentira. Caían por cientos, unos encima de otros, y al explotar esparcían metal caliente en todas direcciones. Cada una de las 800 bocas vomitaba fuego cada 10 segundos, el tiempo necesario para cargar y disparar. Enseguida se sumaron los famosos organillos de Stalin, camiones con plataformas de artillería que disparaban consecutivamente, provocando un ruido atroz, como si fuesen órganos. Tanto poderío militar para el sector tan reducido por el que se peleaba era una barbaridad.
Nosotros habíamos guarnecido las ametralladoras y las maquinas automáticas que teníamos, en los búnker, tapadas con mantas, con todo lo que pudimos para protegerlas. Fueron dos horas... yo no he visto nunca caer tantos proyectiles. Decir que había un metro y medio de nieve congelada cuando empezó el bombardeo, y que cuando remato, a las diez de la mañana había un barrizal que no había quien pasase por allí. Cuando la artillería paro, vino la aviación y nos dio una buena pasada también. Los rusos yo no sé si se creían que con toda la artillería que nos habían mandado, allí¬ no quedaba nadie vivo, porque era para que hubiesen muerto todos, porque había caído allí yo que si... Venían, si usted se acuerda de las películas americanas, esas en las que aparecen manadas de búfalos... pues igual venían. Venían todos corriendo... no sé que se creían.

Pese a que el avance terrestre del Ejército Rojo se produjo por cuatro líneas de penetración con una división en cada una -44.000 hombres en total-, se toparon con serias dificultades, la artillería había dejado el acceso a nuestras nevadas posiciones como un completo barrizal por donde los carros de combate T-34 quedaban atascados y los esquiadores, empantanados.
Pero más importante fue que no esperaban nuestra respuesta. Crean que tras el bombardeo estaríamos todos muertos. Y lo que hicimos fue salir a nuestros puestos, emplazar las máquinas y recibirlos a fuego limpio. Las ordenes del capitán Palacios eran claras: "¡Resistir y resistir!".
Aunque la infantería rusa llegaba por oleadas, lo hacía muy desordenada y pudimos repeler los primeros ataques. Pero iban acumulándose las bajas; entre ellas la del alférez Céspedes. Si había heridos, se les evacuaba. Si había cadáveres, se apartaban para no pisarlos y se seguía disparando. El espectáculo era dantesco. Para coger la pistola y pegarse un tiro.
Claro, en cuanto se nos pusieron a tiro, empezamos a barrerlos, y esas máquinas alemanas que hacían unos 1.400 disparos por minuto, en una masa así¬, al rato estaba el suelo lleno de una masa de gente, y los pocos que estaban sanos, retrocedan. Pero acto seguido sali¬a otra oleada, y otra oleada... hasta 6 o 7 oleadas así¬. El capitán Campos me mando un enlace que me retirara que allí¬ no podía aguantar. No solamente no le contesta ni me retira sino que me queda con el enlace porque ya había tenido bastantes bajas. Llego un momento, en que recobro la posición y vi que estaba sin soldados. Uno herido allí¬, otro muerto allí¬... a los heridos los cogí¬ y los meto¬ en la trinchera de evacuación hacia el puesto demando del capitán, para que los evacuara.
- Pero bueno... si aquí no hay ninguno, me quedo yo solo... Me quedo con un único mortero que defendía Joaquín Montaña. Un chico de León, de Ponferrada, que cubría su ojo izquierdo con una mano porque le habían dado en la cara.

- ¿Que hago yo solo aqui¬? Ya no hago nada.

Entonces fue cuando me retira por la trinchera de evacuación. Recogí al soldado que estaba herido. Cogí un mortero que todavía funcionaba, me lo eche en el hombro y tiro un par de bombas en el bunker para destruir lo poco que hubiese servible allí y nos retiramos.
El recibimiento del capitán Campos, como le había sentado muy mal que me quedase con el enlace, y no me retirase cuando él me lo ordeno, cuando llegue allí me dijo:

- Hombre, por fin se te han arrugado, ¿eh?

- No, a mi no. Y le voy a demostrar que no. Dame usted dos soldados que voy y lo tomo otra vez. No me hacen falta más que dos soldados.

- Fulano, mengano... iros con el sargento Salamanca. Se trataban de los soldados Fabio Martínez (de mote gorrión en la compañía por ser el más joven de la misma) y un cordobés apellidado Jumilla.
Nos cargamos de bombas de mano y llegamos allí. En cuanto empezamos a tirar las bombas como locos, a disparar el fusil y a dar gritos y voces, los rusos no sé si creyeron que éramos 60 o 70, que salieron corriendo y tomamos la posición.

Se lo tomarla, el capitán Campos me mando un enlace:

- Que se venga inmediatamente ese loco (ríe).

Nos volvimos para atrás y le dije al capitán algo picado:

- ¿Que, me arrugo o no me arrugo?, a lo que me contesto

- Desde este momento eres medalla militar individual (se queda en silencio y rompe a llorar)."El martes 9 de febrero, los rusos vuelan sus propios campos de minas, frente a Krasny Bor. De las líneas rusas surge el fuerte ruido de los motores de los carros de combate. Bueno, pues eso, luego me pone al frente de unos 50 soldados y me ordena defender otra posición. Seguían llegando columnas rusas con medio centenar de hombres que eran abatidos sistemáticamente. Disparábamos ferozmente, sin parar, esperando a que el enemigo se encontrase a menos de 100 metros, disparábamos al bulto. Hasta un ciego habría hecho blanco.
Toda la potencia de fuego de nuestra Única ametralladora, provoco una carnicera en las filas enemigas. No es que el cañón estuviese caliente, es que estaba al rojo vivo. En la refriega, los rusos la localizaron y en pocos minutos, tuve que mandar a tres soldados para que la manejaran, muriendo uno tras otro. Con la mirada busque un cuarto para reemplazarlos, y este me dijo con la mirada: «Sargento, ¿quiere usted que me maten?, tenia tanto miedo reflejado en su rostro que me dio lastima, así¬ que decidí¬ empuñarla personalmente. Al poco, los rusos acertaron con una granada de mortero que cayó ante el cañón. Salí¬ despedido cuatro metros, perdiendo el conocimiento momentáneamente, la cara llena de sangre y metralla y una ceguera casi total por el alumbramiento del fogonazo. Fui evacuado al búnker. Luego supe que también tenía también una herida de bala en la rodilla.
Sin munición, con la mayoría de los supervivientes heridos y agotados, el final estaba próximo. A las tres de la tarde, un soldado entro al búnker:

- De parte del capitán, que salgáis todos; estamos hechos prisioneros.

Unos 25 heridos salimos y encontramos a otros 18 hombres con las manos en alto con el capitán Palacios al frente. Nos mandaron formar e hicieron un simulacro de fusilamiento pero se lo se tiraron como fieras sobre nuestros relojes y todo lo que llevabamos.
El trayecto hasta Kolpino, en fila de a tres, fue entre una alfombra de cadáveres. No nos trataron mal gracias a un jefe de escolta mongol que no debió de haber otro mejor en toda la Unión Soviética. Otros compañeros con los que enlazamos, recibieron toda suerte de golpes. Al llegar a Kolpino, un enloquecido grupo de mujeres rusas trato de atacarnos, pero el mongol las rechazo a culatazos.
Enseguida empezaron los interrogatorios, con las traducciones de un español enrolado en el Ejército soviético. Todo el afán del coronel ruso era saber que© armamento usábamos, hablándonos incluso de un arma secreta de Hitler.

- «Dice el coronel que habéis causado más de 14.000 bajas, y eso es imposible con ametralladoras y fusiles Máuser corrientes», nos informo el español.

Luego vino un cautiverio en campos de concentración que se alargo hasta 1954, paso 11 años prisionero en el Gulag de Stalin. Las estadísticas hablan de 2.252 bajas españolas (1.125 muertos, 91 desaparecidos y 1.036 heridos) en un solo día. Otras 1.000 se sumaron en los días posteriores. Aunque los españoles retrocedimos ese día tres km, los rusos no avanzaron más. Tras intensos combates, el mando soviético ordeno a sus fuerzas pasar a la defensiva.


Cruces Laureadas otorgadas a miembros de la División Azul.

*Teniente Jaime Galiana Garmilla, de la Sección de Asalto del Regimiento 269, por sus acciones en la operación de la cabeza de puente del Volchov. Caído en combate. Concesión oficial: 5-XII-1973

*Cabo José Pérez Castro, por su participación en la batalla de Possad en la cabeza de puente. Caído en combate. Concesión oficial: 17-VIII-1944

*Cabo Generoso Ramos Vázquez, por su actuación en la batalla de Possad. Caído en combate. Concesión oficial: 1-XII-1944.

*Alférez José Rubio Moscoso, del II/269. Acción en la "Posición Intermedia". Caaído en combate. Concesión oficial: 22-I-1954.

*.Capitán Salvador Masip Bendicho, de la 7/II/269, por la acción de Posselok. Caído en combate. Concesión oficial: 26-IV-1944. Estaba en posesión de la Medalla Militar Individual por hechos de armas en la guerra civil.

*Soldado Antonio Ponte Anido, del Batallón de Zapadores, por su heroísmo en la batalla de Krasny Bor. Caído en combate. Concesión oficial: 17-II-1944.

*Capitán Manuel Ruíz de Huidobro, de la 3/I/262, por su papel en la batalla de Krasny Bor. Caído en combate. Concesión oficial: 16-XI-1945.

*Capitán Teodoro Palacios Cueto, de la 5/II/262. Por su participación en la batalla de Krasny Bor. Pasó once años de cautiverio en Rusia. Concedida el 17-XI-1944. Fue la única de las otorgadas a divisionarios que no lo fue a título póstumo.

Bibliografía: www.todoarmas.es

http://memoriablau.foros.ws
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